No se quieren enterar

San Pantaleón de Losa2 copia

Como la bisabuela ye-ye. Ahora peperos de toda laya dicen que quieren dar la batalla por las ideas (sic). Perderán la guerra. Ya la están perdiendo. La ideología no es un problema. El problema es el engaño, el fraude perpetuado, las varas tan distintas que utilizan para medir la misma cosa. Bolinaga. El Faisán. El chapucero traspaso de poderes que dijeron modélico. La independencia de los jueces tal y como la entiende el ministro del ramo. La paradójica y cegarrita ministra de sanidad de este reino enfermo. Los inmisericordes tasazos. Aquel tremendo Luis, sé fuerte. El encarnizamiento con los madrileños. La mano que siempre termina acariciando el lomo del botarate catalán. Moreno y bonilla. Dimessss y diretessss.

Ahora quieren debatir en directo con los penenes bolivarianos. ¿Y qué les van a decir cuándo los tengan a su lado? ¿Que a los venezolanos ya no les queda otra que limpiarse el culo a lo vivo? Lo saben hasta las presentadoras pijiprogres. ¿Lo de los cien millones de muertos del comunismo? Hay niños de teta que están al cabo de la calle. ¿Y a qué ton ese anhelo de la dama del blues por deponer en la asamblea de la tuerka? ¿Argüirá muy terne ella que Hitler también llegó al poder presentándose a las elecciones? ¿O acaso que todas las dictaduras son iguales y ahí cocinamos por enésima vez la olla podrida de que si Franco, que si Castro, que si Chaves? Argumentos que, de sobados, hieden. La dama del blues asevera que ella está en política para debatir. Lo cual que claro. Pero una vez debatido el tema, ¿qué se hizo del programa electoral? A estas alturas se espera otra cosa. Un evitar el ridículo, un admitir que lo que han hecho no está bien, un reconocer que sus votantes no se merecían este trato vejatorio y humillante.

Hay quien asegura que lo hacen por la cosa de ningunear a los sociatas y de que Sánchez siga siendo el tal Sánchez. La atrevida tesis le supone a los florianos un maquiavelismo que, sinceramente, yo no atisbo por ninguna parte. Es posible que lo de Podemos no deje de ser un soufflé a la italiana. Pero si me esfuerzo, a las veces veo a ese Monedero que trae puesta de fábrica la jeta de comisario político, prometiendo cargodeloquesea ante Felipe VI. Y se me hace grimoso un frente popular que nos gobierne bajo la férula de los bolivarianos.

Pero como los nuevos socialdemócratas en chancletas y nazarenos ya pedalean a todo ritmo por la milla de oro coleteando al viento, hay que argumentarles a modo. Que tenga muy presente la dama del blues que, además de los hechos, una argumentación integra verdades, presunciones y valores. Y sepa defender, además, los lugares de la cantidad, de la cualidad, del orden, de lo existente, de la esencia y de la persona, tan importantes para persuadir, que los añosos de la guillotina decapitan casi siempre sin excesivos miramientos.

 

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Pena, penita, pena

Deberíamos hacer caso a Carlo María Cipolla cuando insiste en que, aunque en un país en decadencia el porcentaje de estúpidos sea igual al que se podría encontrar en un país en ascenso, se observa sin embargo entre los individuos que están en el poder una alarmante proliferación de malvados con un elevado porcentaje de estupidez, y, entre los que no están en el poder, un igualmente alarmante aumento del número de incautos, lo cual refuerza el poder destructivo de los estúpidos y conduce el país a la ruina.

Pues en esas andamos acá y acullá. Por concretar: acá andamos con el presidente de este gobierno de nada ni de nadie en plena catarsis épico-emocional, reorganizando su agenda a toda prisa para recibir en palacio, con la pompa debida, al botarate catalán que quiere la independencia gratuita más el huevo duro del 16% de lo que quede de España, es decir, ansía completar un proceso separatista pagado, en su mayor parte, por los membrillos madrileños y unos pocos españoles más. Leo que Cataluña es la cuarta región española que más gasta por habitante, tan solo superada por las comunidades del cupo -País Vasco y Navarra-, y Extremadura. Y también leo que Madrid, la segunda región más rica solo superada por el País Vasco (inflada artificialmente por el cupo), sin embargo es la penúltima región en lo que se refiere a presupuesto por habitante. Pues seguiremos apoquinando.

IMG_0299Acullá hay un nuevo partido en cuya obsesión por empurar a periodistas desafectos asoma la patita de la izquierda a la izquierda bananera. Funciona al modo de los cristianos gnósticos: como la divinidad es algo muy complejo, la deidad suprema tiene que estar acompañada de un eón que es, en el fondo, una proyección de sí mismo, de tal manera que  si alcanza la Pareja se acercará a la perfección. Antes de la creación del universo Podemos, era Monedero en sus aulas universitarias; pero hubo un momento en que, aburrido de la soledad del maestrillo con su librillo bolivariano, el ser trascendente pensó en comunicarse con el exterior, en proyectarse hacia lo inteligible. Y así es como surgió Iglesias, el líder de la casta nueva capaz de proyectarse no sólo hacia el intelecto sino también hacia lo más social y sensible con el objetivo inmediato de dirigir ese frente popular que, querámoslo o no, nos va a gobernar. Ese partido bolivariano a que bautizaron Podemos es como aquel histórico pívot, techo del baloncesto patrio, tan irritantemente torpe como lento de movimientos. Han saltado a la cancha desconociendo los fundamentos de la democracia sin epítetos, se enredan en sus enormes pies en cuanto intentan el uno contra uno, no saben botar bien el balón y acabarán, como el barón de Münchhausen, tirándose de su propia coleta para intentar salir de la ciénaga en que nos habrán hundido a todos.

Los sociatas han elegido a su nuevo. Salió Sánchez apoyado por la damisela andaluza que, a lo mejor, aspira a sucederle en un plazo de tiempo más bien tirando a corto. Él también iba mucho a lo del gato y no se le recuerda destemplanza de más o de menos. Es telegénico, recuerda al Zapatero de los primeros días y parece que sabe argumentar con orden y concierto, aunque cuando mitinea resulta plano porque no modula la intensidad de la voz. El discurso se alimenta de variedad. Al favorito del químico calvorota, Madina, nadie le detectó el más mínimo rictus de sonrisa en lo que duró la campaña. Lo retrata Lucía Méndez admirablemente. Es bien sabido que resulta imposible no comunicar y que la comunicación además de transmitir información, impone conductas.

De la gloriosa transición tan loada por quienes éramos tan jóvenes, ya solo quedan raspas peperas, el minúsculo y casi imperceptible comunista de toda la vida, el catalán que vive en el Palace como Julio Camba y pare usted de contar. Más o menos a esto es a lo que quieren dejar reducida la vieja España.

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Estepaís/Elestado

Tiene razón Pedro G. Cuartango cuando escribe que “España se repite a sí misma y reproduce unos comportamientos atávicos que nos llevan a la autodestrucción. Es una especie de fatalidad de la que no somos capaces de sustraernos, un eterno retorno que nos conduce siempre al mismo punto en el que acabamos hastiados de ser como somos”.

IMG_0300En realidad nunca hemos dejado de ser lo que fuimos. Desde hace la intemerata los españoles somos de Estepaís que para los nacionalistas no pasa de ser Elestado. Pues, señor, si uno mira a los sedentes a la derecha del padre, contempla atónito cómo la clase aforada conservadora que por allí adormece sus posaderas, se levanta y aplaude des-aforada cuando el viejo químico sociata que, entre otros alardes, los puteó como quiso y cuanto quiso en aquellas infames jornadas que siguieron a la masacre del 11-M, va y dice que se va. A mayor abundamiento, ese de la casta nueva con coleta vieja que dice que los novecientos asesinatos de Eta tienen una explicación política, que hay que controlar los medios de comunicación y, ya puestos, añorar la guillotina, le merece todos los respetos –y aun parece inclinado a pactar con él sus futuros privilegios- a un pepero extremeño de nombre Monago que ya no se sabe muy bien si entra o si sale.

Y si uno mira a la izquierda contempla tres oquedades que se disputan el hueco dejado por el viejo químico calvorota. Lo cuenta Santiago González en su blog imprescindible. También está un Garzón que regala a Podemos su identidad a cambio del plato de lentejas revolucionario. Ha dicho que lo de la constitución y demás zarandajas del siglo pasado no van con él ni con sus colegas de generación. Se proclama comunista aunque, claro está, no al modo de la Unión Soviética o de Corea del Norte sino al modo noruego pasado por Venezuela, Suiza y California. Un imposible pastiche de barra de bar de la facul con cubatas a siniestro y siniestro.

Julián Marías ya explicó que “la libertad y el azar son decisivos en todo lo humano, mucho más que todos los ‘datos’ físicos, económicos, étnicos; la historia pertenece a la vida humana, la cual se hace con su circunstancia, acaso frente a ella. Lo que no puede hacerse es no tenerla en cuenta, porque entonces se desliza subrepticiamente y enmascara lo que la vida, individual o colectiva, tiene de proyecto libre y a la vez condicionado”.

Conocidos son los clásicos mecanismos de manipulación que utilizan los predicadores y los políticos para influir en su auditorio. Se producen efectos de saturación sensorial (ambiente auditivo, ambiente olfativo, contactos corporales, etc); aparece una nueva norma merced a la cual todos los participantes sienten que forman parte de una comunidad que comparte la misma condición humana con sus penas y alegrías; hay lugares claramente diferenciados para la multitud, los políticos acompañantes y el predicador estrella; la cercanía física al predicador; el político discursea y unge a su auditorio con el aceite de la verdad y la salvación; el político construye un futuro para los presentes y para quienes le voten; la caída en trance de algunos asistentes; los cantos, las alabanzas, la sensación de estar juntos, de salvarse juntos. Es así como la situación gozosa nueva de los participantes se opone a su vieja vida que era más triste y penosa.

Antiguallas. Hoy vivimos colgados de la misma nube. Hasta ahora para contagiar un comportamiento parecía necesario que el sujeto emisor estuviera cerca del receptor. Con el desarrollo de internet lo que se extiende es más una norma que una conducta. Nicholas A. Christakis estudió la propagación de la obesidad a través de las redes sociales y concluyó que era más importante la norma que la ideología lo que le condujo a distinguir entre norma e idea.

Es lo que hará ese Frente Popular con cola de caballo que nos quiere gobernar.

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Sombras y revoluciones

ossendowskiDescribe Ossendowski, ese cortomaltés polaco que se aventuró en la Rusia del último de los zares y del inicio de la revolución bolchevique, la sensación que le invadió cuando en 1908 visitó los asilos de Petrogrado: “pensé que padecía una pesadilla; tan horrible era lo que presenciaba. Yo, por entonces, colegí instintivamente que de aquel mundo subterráneo obscuro y enloquecido saldrían en adelante unos monstruosos y desconocidos vengadores. Y vaya si han surgido para ahogar a Rusia en sangre y sucumbir ellos también en la sangrienta vorágine”.

Es lo que han tenido todos los soviets. Cuando mozo uno tendía a admitir la inerrancia de toda revolución teñida de carmín. Ahí estaba Mao Tse Tung antes de transformarse en Mao Zedong con esa su revolución cultural que cabalgaba a los lomos de millones de asesinados. Los que se proclamaban de los suyos enarbolaban en las manifas de la vieja época un librito escarlata tamaño liliput –libro rojo lo llamaban-, con el frenesí del iniciado, con la intensidad del converso, con el rictus severo del gnóstico. Por aquel entonces también Gadafi publicó su magna obra, de tapa blanda y verdosa, para ciscarse a su gusto en las democracias liberales, vale decir, en los países más libres, modernos y civilizados. Duró lo que un amago de bombardeo reaganiano, aunque antes de eso se dio el gustazo de ordenar a sus sicarios que derribaran un avión de pasajeros.

Era el tiempo de la RDA antes del dopaje olímpico y de la vida de otros, de cuando la stasi nos parecía una bondadosa policía que se limitaba a rescatar de los árboles a tanto lindo gatito de tanta ancianita como proliferaba en el paraíso comunista. También era el tiempo de los troskos, gente peculiar que adoraba a un tipo con piolet clavado en el cráneo. Y los novísimos castristas que solo leían al Cortázar de después de Rayuela por aquello de las páginas contaminadas de admiración hacia los kibutz judíos, y a Gabo en su universal totalidad; ya por entonces habían decidido que Vargas Llosa era un fascista al que, como desea ahorita mismo el bolivariano Monedero, debería juzgarlo un tribunal popular.

Así que hoy las revoluciones son de un bolivarianismo deleznable. Está ese Iglesias y su coleta grunge. Cuando sermonea, a mí se me figura un predicador sobón y meloso a quien los dedos siempre parece que se le hacen huéspedes. Hace como que escucha (lo cual parece ser su mayor atractivo para las abuelas y bisabuelas que lo han votado sin preocuparse demasiado por sus fondillos ideológicos), y responde con una dulzura empalagosa que le ayuda a no salirse de sus casillas. Es un individuo inteligente.

Lo ha analizado de forma inmejorable mi blog favorito. Iglesias sabe que toda comunicación constituye, como ya expresé en mi entrada anterior, un intento de influencia. Y sabe también que no se influye solo con la palabra. Para influir hay que saber manipular; el arte del manipulador reside en construir un mundo de objetos cognitivos que, relacionados, impulsan al destinatario de los mensajes a actuar de una manera positiva. Coloca al oyente o espectador en un estado particular resultado de manipular sus emociones. Además conoce los intereses de sus votantes y con sus palabras evoca la satisfacción de esos intereses: los persuade hablándoles de lo que les gusta e importa.

Ahora bien, me huelo que en la construcción del sentido de los intercambios, del contexto, del marco o encuadre a que se referían en Palo Alto, el eurodiputado de Podemos, con esos discursos irritantes y esas ruedas de prensa que suele convocar para informar con impostada gravedad de que a él no le importa compartir habitación en un hotel barato de las afueras o de que para dar ejemplo ha decidido tributar en España, empieza a sumergirse en la grotesca desmesura.

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Viejos y nuevos perfiles

Confieso que me he perdido. Blasco Ibáñez escribió un cuento escalofriante sobre un capitán serbio al que, durante la Primera Guerra Mundial, sus propios soldados heridos le suplicaron matarile en plena huida del frente de batalla para no caer vivos en manos del enemigo. Su impericia con la espada le condujo a cometer entre los suyos una carnicería mayor que la que les hubiera propinado el ejército enemigo. Así yo, entre tanto mandoble sin sentido, he descabezado a todo bicho viviente sin otro provecho que el de sumirme en un silencio tan prolongado como penoso.

Hoja 10 copiaEs sabido que los traductores de la Escuela de Toledo sufrían la enfermedad del ojo loco u ojo de ida, provocada por la lectura de los textos árabes a que no estaban acostumbrados, la cual lectura se realiza, como es notorio, de derecha a izquierda. Escorzado en un paisaje penosamente faldudo, he dejado de mirar a mi alrededor, ya al modo grecolatino, ya al modo árabe, por no ventear los ataques de cámaras de estos miles de aforados que tan mal nos gobiernan.

La comunicación, dicen, constituye siempre un intento de influencia. Hay quien opina que, para influir, es suficiente con modificar el contenido de un mensaje determinado. Hoy sabemos que la comunicación no funciona de una manera tan aparentemente simple. Los investigadores han demostrado la importancia de la situación, el tiempo, el entorno, etc., para conseguir modificar la conducta del ser humano. De manera que todo acto de comunicación se sitúa en un contexto porque nada se escapa de una situación de comunicación.

Cuando me perdí el reino tenía un rey que ya no es el rey que reina.

Cuando me perdí apenas se veía venir a un tipo avispado con coleta –mi barba tienes tres pelos-, ahora aplaudido en Europa por los de este mi oficio mugriento, que a las veces evocaba la guillotina con habla suave y lengua bolivariana –exprópiese- y procaz. Pero este de la casta nueva es más inteligente que los de la vieja casta y sabe que la comunicación es training, y que para influir hay que saber manipular los contextos en que se produce la comunicación.

Cuando me perdí los ecologetas rampantes aún no habían decidido que expulsarían de su ínsula a quien como ellos no piensan, pues nunca piensan que sean ellos quienes tengan que marcharse.

Cuando me perdí había un diputado socialista víctima del terrorismo que más odiaba a sus adversarios políticos de la derecha que a quienes habían intentado matarlo. Hablaba poco y escribía mucho. Hoy habla mucho y ya casi no le queda tiempo para la escritura.

Cuando me perdí el profesor calvorota de química todavía seguía ahí.

Cuando me perdí el tal Sánchez no dejaba de ser un tal Sánchez entre los sociatas; hoy es su querido hijo que concita casi todas sus esperanzas.

Cuando me perdí había una selección de fútbol roja carmesí que, al modo de nuestra segunda experiencia republicana, en seguida tornó morada y volvió a casa magullada.

Cuando me perdí Estepaís boqueaba angustiado entre el botarate catalán y el dogal impositivo de un gobierno que, luego de prometer aflojarlo y arrasar en las elecciones generales, lo apretó con una saña nunca conocida. Hoy Estepaís boquea angustiado entre la coleta grimosa, el botarate catalán y el dogal impositivo apretado e nuestro cuello por este gobierno con una saña nunca antes conocida.

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El Indio que no tuvo el perdón de Dios (un cuento en el ocaso de lo realista y mágico)

El Indio Florentino era presumido y vanidoso, proxeneta si se le presentaba la ocasión (esto lo supe mucho más tarde, cuando ya había abandonado el pueblo) y con la uña del meñique, larga y cuidada, abría los paquetes de cigarrillos, sacaba los pitos, y se hurgaba en las profundidades del oído. Al Indio lo llamaron Florentino por su padre y Fiacrio por el cura, un septuagenario misionero que obligaba en sus bautizos a homenajear al santo del día. A él nunca le gustaron aquellas dos efes tan seguidas y tan feas y como al cruzar el charco empezaron a decirle indio, tomó para sí el apelativo, que no lo consideraba insulto ni tampoco inconveniencia. Había nacido en la centroamérica, en tierra de nadie, pues tantas veces en el curso de su historia cambió de dueño que sus habitantes a sí mismos se juzgaban moneda de trueque para los gobiernos en tiempos de pleitos.

iguazúUn día el misionero lo condujo hasta las grandes cascadas de agua y le sermoneó que si después de contemplar el milagro de la creación no inundaba la fe todo su ser, entonces era el peor de los ciegos porque el ciego mira con el tacto, con el olfato y con el oído y cree en lo que toca, huele y oye aunque no lo pueda ver; en cambio él, que abría mucho los ojos pero no era capaz de postrarse allí mismo y adorar al Sumo Hacedor, sufría la ceguera de un alma que ni ve, ni toca, ni huele, ni oye. Y por eso nunca tendría el perdón de Dios.

Florentino, de joven, se atiborraba de sueños y de aguardiente en la cantina de Rigoberto, antañón correcaminos que en mala hora escogió aquellos parajes fantasmagóricos para sentar su mala cabeza. Ambos platicaban todas las noches y, del constante chacharear, nació en el muchacho un afán inmoderado por descubrir el mundo, por descuajarse, por olvidar la perfidia de la selva y la tórrida soledad de su casa desportillada. La hora llegó de repente, una madrugada en que Rigoberto le negaba el licor y Florentino, con la curda, se dio al disparate y a voz en cuello proclamó sus desvaríos amorosos con Milagros la de Zósimo, tragahombres y gandul, amo y señor de la mitad de las negras que se desparramaban por tabernas y burdeles. A oídos de Zósimo llegó el delirio de Florentino y no tardó en presentarse en lo de Rigoberto, el machete desnudo y rabioso el aspaviento.

Zósimo apareció con la sangre pintada en el escozor de los ojos y la muerte en la palidez del semblante. Iba borracho de aguardiente y atracado de sexo pues a tres de sus negras había poseído en el transcurso de la noche. Pero Milagros era diferente. Nadie se atrevió jamás a enamorar a Milagros. Entre tanta tez morena tenía su blancura un algo de impudicia que a los hombres hechizaba y ofendía a las mujeres, y era como si desanudara los deseos de los unos y las envidias de las otras. Milagros pertenecía a Zósimo en cuerpo y alma. Cuando apareció por el villorrio, la misma tarde lluviosa en que comenzaban los festejos en honor del santo patrón, a Zósimo le nació una mala idea: quiso que trabajara para él, no en sus prostíbulos, sino en las ricas haciendas de los alrededores, visitando a los terratenientes rudos y rijosos. Echó las cuentas y, con Milagros, doblaba o aun triplicaba la ganancia. Mas poco tardaría ella en desengañarlo diciendo que, aunque no desaprobaba el comercio, únicamente estaba dispuesta a prestar su carne para alivio de su amor, de su dueño, de su pasión. De tal forma quedó prendado Zósimo al oírla que mudó su primera idea y, con el cambio, hizo a Milagros partícipe de cuanto poseía.

Mientras se sentaba en la barra junto a Florentino, exigió el aguardiente a Rigoberto. Un sucio ventanuco empolvaba las primeras luces del alba. En silencio, Rigoberto extrajo la botella y fregoteó el vaso. Zósimo, impaciente y fogoso, dio un sorbo a la botella, se limpió el hocico con el puño, y se deshizo en eructos.

Florentino, insomne, pensó en el tiempo en que habían sido amigos, cuando Zósimo aún no era el dueño de las negras que se tiraban a medias, en farras prolongadas por la fuerza de la costumbre y también por la obstinación que les proporcionaba el aguardiente. Ya en aquel entonces, a pesar de su juventud, era alborotador y bravucón, y perseguía la refriega con tal vehemencia que a Florentino no le cupo duda de que un día u otro la buena estrella que iluminaba el sendero de Zósimo se apagaría de golpe y para siempre.

—He oído por ahí que presumes de haber chingado con Milagros.

Había recitado la frase con frialdad estremecedora y Florentino sintió un repeluzno que no era miedo, sino algo más inconcreto, un espasmo de muerte, un enfrentarse con la propia imagen deformada o con las trizas de su antigua amistad con el burdelero.

El sol, enfureciéndose minuto a minuto, amustiaba la resaca de Florentino. Rigoberto se acodó frente a Zósimo:

—Déjalo estar. El chico se ha pasado toda la noche bebiendo y ya no sabe ni lo que dice.

—Cuando un chico bebe lo que bebe un hombre deja de ser chico y rinde cuentas como todo macho en este pueblo. Si es cierto lo que me han contado, lo abro como a cerdo; y si lo que me han contado no es cierto, lo ajusticio como a hombre.

Chupó de nuevo el gollete de la botella. Girando la cabeza se encaró con Florentino:

—Tú dirás. ¿Hombre o cerdo?

—No veo la diferencia. ¿Por qué quieres matarme aunque no sea verdad lo que has oído?

—Porque no tiene derecho a vivir el cojudo borracho que ensucie el nombre de Milagros, ni tampoco el que con sus mentiras permita que otros lo empuerquen.

Calló Florentino; sabía que a Zósimo se le nublaba el entendimiento de sangre en un santiamén y, terco y rabioso, perseguía a su víctima como un hambriento depredador. A lo mejor, cavilaba, nada más que para eso vivía Zósimo, para impedir que la gente de orden creciera y se multiplicara, para que ni Florentino ni ningún otro olvidara jamás que era el pueblo su castigo eterno.

Rigoberto encandiló a Zósimo con la botella de aguardiente:

—Bebe. Hoy invita la casa.

Florentino manoteó alborotando el polvo en el rayo de luz que se colaba por el ventanuco angosto. Zósimo bebía y ventoseaba y, entre mamada y regüeldo, invocó conmovido su memoria:

—Carajo, Florentino, ¿por qué a mí? ¿Acaso no éramos compadres? Tú sabías que Milagros es sagrada, que sería hombre muerto el que intentara tocarla. Y ahora me vienen con la vaina de que has cruzado la noche cacareando la traición, y yo tengo que matarte Florentino, porque soy el macho y Milagros mi hembrita, ¿lo entendiste, Florentino?, ¡mi hembrita!, y apenas te mate, todo volverá a ser como antes, que hoy nadie me respeta, pero por éstas que lo vas a pagar muy caro.

Con la salmodia, Florentino se adormecía y Rigoberto, atento al vuelo del facón que Zósimo empuñaba con la mano libre de la botella de aguardiente, recorría la barra ordenando los frascos y las damajuanas, limpiando la madera, barriendo las colillas del suelo mugriento.

Hubo un largo silencio y luego Zósimo tornó al parloteo, pero ya no miraba ni a Florentino ni a Rigoberto, sino al aguardiente, y parecía que las palabras se le escapaban de la boca como los eructos, ruidosas y ofensivas:

—Por mi vieja que te jodo, Florentino. Me topé con el Gitano y sus puercos compadres, y riéndose el muy cabrón me preguntó si podía apuntarlo en la lista de Milagros, que no le importaba gastar más dinero, y que si fuera cosa de amistad, él estaba dispuesto a hacer migas conmigo, lo que tú mandes Zósimo que yo tengo el mismo derecho que Florentino a probarla. Creo que me volví loco, ¿cuándo?, ¿cómo?, ¿quién te dijo?, y el Gitano se reía enseñando ese diente negro y el otro de oro, pues que lo oyó de tu propia boca, Florentino, en casa de Rigoberto, y añadió que te metiste en detalles y que algunos eran tan indecentes que se salió para avisarme pero no pudo dar conmigo porque debía andar muy ocupado contando el mucho dinero que se dejaron los obreros revolcándose con mis negras y emborrachándose como diablos. Todo eso me dijo, Florentino, y no lo maté porque me dio como una puñalada aquí, en el costado, que me dejó sin aliento.

—Esta noche no vino el Gitano —sentenció Rigoberto mientras echaba el vaho a un vaso amarillento de lavadas.

Zósimo enseñó el machete, calmo y grave:

—Contra ti no hay nada, Rigoberto. Pero no me envenenes o te acordarás toda tu vida.

Se levantó trastabillante. A Florentino la pereza lo aflojaba y no pudo más que reconocer el tranco indeciso de su antiguo compadre.

—Bebe —dijo Zósimo—. Por última vez, bebe.

—Rigoberto tiene razón. El Gitano no apareció por aquí.

No lo dijo para salvar el pellejo, sino para certificar la sinceridad del cantinero. El aguardiente, mezclado con la pasta de la boca, le dejó en el paladar el amargo gusto de la sangre. Zósimo le ofreció el cigarrillo del condenado. A la primera calada le vino el asco y cerró con fuerza la boca por detener la vomitona. Se dobló sobre la barra como un azotado. Hizo Rigoberto ademán de acercarse, pero Zósimo blandió, entre ambos, el machete.

—Ni te muevas.

Al momento, la hoja afilada describió un corto vuelo y empezó a planear sobre el cuello de Florentino: no lo tocaba el acero, aunque era sádica seña de muerte.

Florentino, evitando mirar al verdugo, proclamó su inocencia:

—Te equivocas conmigo Zósimo. No puedes fiarte del Gitano. Está loco por tener a Milagros. Y tú lo sabes.

—Basta de plática —respondió Zósimo—. Acabemos de una vez.

Ni siquiera tuvo tiempo de apretar el mango del machete para iniciar la acometida: a sus espaldas, Rigoberto había aferrado una botella vacía y, con toda la fuerza de su brazo, la estrelló contra la cabeza del ribaldo. A Zósimo se le ennegreció el pensamiento, dilató los ojos y, como fardo, fue a derrumbarse a los pies de Florentino. Un hilillo de sangre serpeó desde la frente hasta la boca abierta enrojeciendo la lengua que le colgaba de la comisura. Cedió Rigoberto el gollete a Florentino y este, embrutecido, abrió en canal el cuerpo de Zósimo y luego, sañudo, afeó el rostro que tanto encaprichaba a las negras del pueblo.

Florentino anduvo durante tres días y tres noches sin descanso. Siguió una senda olvidada de la manigua, zigzagueando por entre árboles y zarzas sin atreverse a asomar la cabeza. Alimentado de hierbas, arribó tan hético y molido a la ciudad del puerto, que hubo de recogerse en fonda donde nadie indagaba la suerte de los albergados. Durmió y comió hasta que repuso las fuerzas perdidas en la huida. Luego se echó al malecón, fugitivo y huraño, en busca de navío que lo alejara de su pasado.

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Un episodio nacional

Cuenta Tucídides que embajadores de Corinto acudieron a Esparta en procura de una declaración de guerra que le bajara los humos a los belicosos atenienses. Los corintios insistían en que era necesario atacar Atenas y, para incitar a los lacedemonios, no dudaron en acusarles sin veladuras de no querer perjudicar a nadie ni sufrir daño alguno en la propia defensa. Una delegación ateniense que se encontraba a la sazón en Esparta se vio en el inexcusable compromiso de defender a su ciudad de las denuncias de los corintios. En la Asamblea de Esparta recordó el portavoz ateniense la participación decisiva de su ciudad en la guerra contra los persas e hizo notar que, a su juicio, los hombres se irritan más ante la injusticia que ante la opresión porque la una parece la imposición de un igual y la otra, la obligación establecida por un superior. Muy al contrario que los corintios, pidió a los espartanos calma para deliberar asuntos de tanta importancia y que no se crearan un problema propio por hacer caso de ideas y querellas ajenas.

Arquidamo, rey de Esparta, rechazó la acusaciones de sus aliados corintios pero respondió a los atenienses que si en el pasado contra los persas se portaron bien y contra ellos ahora, mal, merecían doble castigo al haberse convertido de buenos en malos. Y así fue como dio comienzo la interminable guerra del Peloponeso.

Cuando el 23-f, había un tal capitán Acera que se sumó, según deposición de Tejero durante el juicio, a la expedición golpista como un espontáneo. Este Acera, que fuera condenado a tres años por rebelión militar y se retiraría del ejército con la estrella de ocho puntas en su bocamanga, actuó aquella larga noche del 81 como un chisgarabís que tan pronto entraba como salía del Congreso, iba al bar del Palace y huroneaba a diestro y siniestro por recabar una información que nadie quiso darle. Este fue el militar que leyó muy campanudo el bando de Milans, imbuido, anota el cronista Martín Prieto, de un acceso de fervor informativo hacia los pobres parlamentarios huérfanos de noticias. “Acera sube al arengario y conforta a los secuestrados con la simple cortesía informativa de que Milans ha decretado en Valencia el estado de guerra. Es algo de agradecer”.

IMG_0304Una vergonzosa embajada de la Comunidad Autónoma de Cataluña visitó el Parlamento de la nación para exigir que les permitieran votar contra sí mismos y contra todos los demás para independizarse de ellos mismos y de todos los demás. Bajaba a su turno cada orador emisario las haldudas escalinatas en dirección al estrado y se detenía con la mano tendida junto al presidente sibilante que lo miraba escorzado, muy modositos ellos y muy modosita ella de modales modosos. Luego daban en parlotear en lengua cuasi ignota pues que del mejunje sintagmático brotaban algunas palabras castellanas y otras provenzales, cuando no expresiones ridículamente sajonas. Así que los parlamentarios tuvieron que escuchar arrebatos y desahogos –crema catalana-, con infinita paciencia. Una Rovira, de pelo negro ensortijado y, a ojo de buen cubero, duro como el alambre, gimoteó con lo del imposible encaje y esa sensación de que “no nos aceptan, ni como pensamos, ni como hablamos, ni como soñamos”. Yo no sé lo que piensa ni lo que sueña la Rovira, pero si su parla cotidiana semeja la que exhibió en el Parlamento, a cualquiera resultaría de amarga deglución. Un Turull de funcionarial aspecto expelió aquella ventosidad de que lo que está ocurriendo en Cataluña “es un movimiento que va de abajo hacia arriba y supera partidos e instituciones”. Y un Herrera, en un si es no es iraní-bolivariano, pregonó mirando a la rosa de los vientos que estaba allí no por otra cosa que “porque la España que nos gobierna no entiende la realidad más plurinacional de toda Europa”. Otra memez.

En la Grecia clásica, circa 500 a. de C., las ciudades-estado empezaron a exigir autonomia, un grado de autogobierno que les permitiera gestionar sus asuntos internos; pero además de la autonomia, los ciudadanos exigían la isonomia, la igualdad legal o justicia igualitaria para todos los ciudadanos frente a los caprichos de los tiranos de turno. Que alguien se lo explique al catalán botarate y chanflón empeñado en que nos precipitemos todos por la roca Tarpeya de su mentecatada.

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