Argumentos envenenados

Vivimos en estado de mala esperanza. Tiempos turbulentos en que a los aviones les da por desaparecer en pleno vuelo sin dejar rastro, en que los que votamos para que protejan la cosa pública se han convertido en depredadores de la cosa pública, en que el jefe de este estado atesora un nutrido historial de amorosos devaneos y negocios a cual más escandaloso según leo en lo de Jesús Cacho.

Cuenta Alvaro Cunqueiro que en la época de las enconadas disputas religiosas en Bizancio había mensajeros capaces de envenenar las palabras que, una vez pronunciadas, se adentraban en los oídos de los enemigos provocando en ellos mareos y vértigos antes de que se desplomaran fiambres a sus pies. Argumentos envenenados, los llamaron. “Cuando los ortodoxos bizantinos, apurados por los turcos, a mediados del XV, vinieron a Occidente buscando ayuda y paz con los católicos romanos, se les exigió a sus oradores que antes de ponerse a discutir se enjuagasen la boca con una mezcla de agua salada y orilla de corderillo lechal, no trajesen argumentos envenenados soto lengua”.

Lo del décimo año después del 11-M. Dice el flamante Abadillo que ahora comprende que cayó en el error de dar pábulo a ciertas informaciones que solo pretendían confundirle y llevarle a un callejón sin salida (¿tan pesada alforja para este viaje?). También dicen que hay un moro condenado, confidente policial, que ha escrito desde la cárcel a la víctima Manjón más cartas que Madame de Sévigné a su hija perdida. Quiere el moro convencerla de que la UCO de la Guardia Civil cometió los atentados.


cortapeloEl resto son recuerdos de días lóbregos y ultrajantes. De cuando la soberbia y la inepcia de quienes gobernaban nos extravió a todos en el bosque del terror; de cuando la izquierda fue más siniestra; de cuando aprendí a no votar nunca a ningún partido que me violentara en plena calle; de cuando la matanza de la eta dejó repentinamente de ser portada en el diario independiente de la mañana; de cuando los terroristas suicidas se depilaban y cubrían su rasurado trasero con capas y capas de dodotis y gayumbos; de cuando un fatigante Rubalcaba exfoliaba lo del gobierno que miente y lo de lo que a su deprimente juicio España merecía o dejaba de merecer; de cuando los asesinos fueron el presidente y sus ministros y no quienes realmente habían masacrado a los inocentes; de cuando ganó las elecciones el aspirante a supervisor de nubes y era insufrible contemplar su careto amontillado en las cabeceras de los telediarios; de cuando durante el juicio a la morisma la jaca del juzgador galopaba y cortaba el viento caminito de Jerez. Todos fueron argumentos envenenados que mareaban y provocaban vómitos de puro desasosiego.

Ha muerto el último de los hijos vivos del poeta Panero. Le dedica Dragó un artículo que remata con una frase de su libro de memorias: “Los versos de Leopoldo María Panero son farfolla, jerga ininteligible, a los que cabe aplicar lo que a propósito de la vida dijese Macbeth: Un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada“. Opinaba Julián Marías que el poeta era el sintetizador de las vitaminas necesarias para la vida biográfica, como las del químico lo son para la vida biológica. Leopoldo Panero, el padre, nos lo cantó en lo oscuro: “mezclados al peligro vivimos, y al sabor que no es tiempo, y a la libertad que nos basta”.

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