Meando contra el viento

Lo ha dicho el presidente en lo del estado de la cosa. Doblado el Cabo de Hornos entramos en aguas más pacíficas. Eso ha dicho. Yo me lo pinto con el arete en la oreja y el arpón ballenero en la mano –llamadme Mariano-, meando a contraviento. Confieso que no presté la debida atención a su discurso sibilante. Me aburre él y me aburre el que se opone porque le toca, aunque al menos este sea capaz de enhebrar una perorata, más o menos florida, sin tener que leer hasta las anotaciones al margen como hace el otro. Y harto presumen de eso en su chiringuito. Luego están los figurantes cuyas acciones suben y suben en esa bolsa de la política en donde tanto predomina el desencanto y la depresión aguda. Contemplé a los camiseteros a la siniestra con un punto de vergüenza ajena. No me parece propio. El mejor, es decir el mejor de lo peor, es ese tractorista bolchevique que lee los chascarrillos que le han puesto por escrito como si se tropezara una y otra vez con la misma piedra. Echo de menos su radiografía fonética en el mejor blog especializado.

IMG_0271También hablaron de la secesión catalana. Bueno. Antes le habían negado por enésima vez el saludo a los españoles en la propia cara del Príncipe y luego se descojonaron a sus espaldas. Ahora leo que tenemos que rescatarlos también por enésima vez con nuestro dinero. Ochocientos millones de napos de nada. Una fruslería para cubrir aquellos sus majaderos bonos patrióticos. Que les den.

Los teóricos entienden por operaciones de mentira las diferentes maneras en que el autor de la mentira transforma la realidad. Por ejemplo, se puede hacer creer que una cosa que existe, no existe; también se puede hacer creer que una cosa que no existe, existe; y, por último, se puede deformar una cosa que existe. Luego están los signos de la mentira, es decir, palabras, imágenes, falsos personajes, falsas acciones, falsos documentos, objetos…

De todo ello hubo en la prograda sobre el 23-f tan de barra del bar de la facul de ese individuo apelado follonero. Arrasó. Est deus in nobis. Lo más sorprendente fue ver al mismísimo Anson, que tanto se empeñó en que este oficio mugriento adquiriera rango de profesión universitaria, jugar a contar mentiras con el desaliñado comunicador. Opina Girauta, juicio que comparto, que fusionar realidad y ficción es inmoral.

Ya decía Revel que la primera de las fuerzas que rigen el mundo es la mentira. El gran filósofo y periodista francés desaparecido mantenía que “salvo rarísimas excepciones, se admite como una realidad en el ambiente de la prensa […] que las preferencias políticas de los periodistas sirven de criterio para la presentación de la información”, obviedad que, como tal, es imposible obviar. Festonea con multitud de ejemplos esta aseveración. Entresaco el cuento de Walter Duranty, célebre corresponsal del New York Times en el Moscú de los años veinte y treinta. Tras su visita a Ucrania en 1933, Duranty afirmó categóricamente que todos los rumores sobre el hambre en aquella región eran ridículos. Acerca del mismo tema, escribe Martin Amis: “para pensar en el Terror famélico de 1933 hay que pedir al lector que personifique otra vez el hambre, con intensidad, y que la llame Stalin”.

También ha pasado lo de ARCO, esa feria dicen que de arte contemporáneo, de cuyo recuerdo efímero solo rescato a esas chicas que se enroscaban hemidesnudas en la barra; fue, por cierto, el cuadro más contemplado y admirado de ese arte al que mataron entre Duchamp y los dadaístas y él solito se murió.

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