Un episodio nacional

Cuenta Tucídides que embajadores de Corinto acudieron a Esparta en procura de una declaración de guerra que le bajara los humos a los belicosos atenienses. Los corintios insistían en que era necesario atacar Atenas y, para incitar a los lacedemonios, no dudaron en acusarles sin veladuras de no querer perjudicar a nadie ni sufrir daño alguno en la propia defensa. Una delegación ateniense que se encontraba a la sazón en Esparta se vio en el inexcusable compromiso de defender a su ciudad de las denuncias de los corintios. En la Asamblea de Esparta recordó el portavoz ateniense la participación decisiva de su ciudad en la guerra contra los persas e hizo notar que, a su juicio, los hombres se irritan más ante la injusticia que ante la opresión porque la una parece la imposición de un igual y la otra, la obligación establecida por un superior. Muy al contrario que los corintios, pidió a los espartanos calma para deliberar asuntos de tanta importancia y que no se crearan un problema propio por hacer caso de ideas y querellas ajenas.

Arquidamo, rey de Esparta, rechazó la acusaciones de sus aliados corintios pero respondió a los atenienses que si en el pasado contra los persas se portaron bien y contra ellos ahora, mal, merecían doble castigo al haberse convertido de buenos en malos. Y así fue como dio comienzo la interminable guerra del Peloponeso.

Cuando el 23-f, había un tal capitán Acera que se sumó, según deposición de Tejero durante el juicio, a la expedición golpista como un espontáneo. Este Acera, que fuera condenado a tres años por rebelión militar y se retiraría del ejército con la estrella de ocho puntas en su bocamanga, actuó aquella larga noche del 81 como un chisgarabís que tan pronto entraba como salía del Congreso, iba al bar del Palace y huroneaba a diestro y siniestro por recabar una información que nadie quiso darle. Este fue el militar que leyó muy campanudo el bando de Milans, imbuido, anota el cronista Martín Prieto, de un acceso de fervor informativo hacia los pobres parlamentarios huérfanos de noticias. “Acera sube al arengario y conforta a los secuestrados con la simple cortesía informativa de que Milans ha decretado en Valencia el estado de guerra. Es algo de agradecer”.

IMG_0304Una vergonzosa embajada de la Comunidad Autónoma de Cataluña visitó el Parlamento de la nación para exigir que les permitieran votar contra sí mismos y contra todos los demás para independizarse de ellos mismos y de todos los demás. Bajaba a su turno cada orador emisario las haldudas escalinatas en dirección al estrado y se detenía con la mano tendida junto al presidente sibilante que lo miraba escorzado, muy modositos ellos y muy modosita ella de modales modosos. Luego daban en parlotear en lengua cuasi ignota pues que del mejunje sintagmático brotaban algunas palabras castellanas y otras provenzales, cuando no expresiones ridículamente sajonas. Así que los parlamentarios tuvieron que escuchar arrebatos y desahogos –crema catalana-, con infinita paciencia. Una Rovira, de pelo negro ensortijado y, a ojo de buen cubero, duro como el alambre, gimoteó con lo del imposible encaje y esa sensación de que “no nos aceptan, ni como pensamos, ni como hablamos, ni como soñamos”. Yo no sé lo que piensa ni lo que sueña la Rovira, pero si su parla cotidiana semeja la que exhibió en el Parlamento, a cualquiera resultaría de amarga deglución. Un Turull de funcionarial aspecto expelió aquella ventosidad de que lo que está ocurriendo en Cataluña “es un movimiento que va de abajo hacia arriba y supera partidos e instituciones”. Y un Herrera, en un si es no es iraní-bolivariano, pregonó mirando a la rosa de los vientos que estaba allí no por otra cosa que “porque la España que nos gobierna no entiende la realidad más plurinacional de toda Europa”. Otra memez.

En la Grecia clásica, circa 500 a. de C., las ciudades-estado empezaron a exigir autonomia, un grado de autogobierno que les permitiera gestionar sus asuntos internos; pero además de la autonomia, los ciudadanos exigían la isonomia, la igualdad legal o justicia igualitaria para todos los ciudadanos frente a los caprichos de los tiranos de turno. Que alguien se lo explique al catalán botarate y chanflón empeñado en que nos precipitemos todos por la roca Tarpeya de su mentecatada.

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