Viejos y nuevos perfiles

Confieso que me he perdido. Blasco Ibáñez escribió un cuento escalofriante sobre un capitán serbio al que, durante la Primera Guerra Mundial, sus propios soldados heridos le suplicaron matarile en plena huida del frente de batalla para no caer vivos en manos del enemigo. Su impericia con la espada le condujo a cometer entre los suyos una carnicería mayor que la que les hubiera propinado el ejército enemigo. Así yo, entre tanto mandoble sin sentido, he descabezado a todo bicho viviente sin otro provecho que el de sumirme en un silencio tan prolongado como penoso.

Hoja 10 copiaEs sabido que los traductores de la Escuela de Toledo sufrían la enfermedad del ojo loco u ojo de ida, provocada por la lectura de los textos árabes a que no estaban acostumbrados, la cual lectura se realiza, como es notorio, de derecha a izquierda. Escorzado en un paisaje penosamente faldudo, he dejado de mirar a mi alrededor, ya al modo grecolatino, ya al modo árabe, por no ventear los ataques de cámaras de estos miles de aforados que tan mal nos gobiernan.

La comunicación, dicen, constituye siempre un intento de influencia. Hay quien opina que, para influir, es suficiente con modificar el contenido de un mensaje determinado. Hoy sabemos que la comunicación no funciona de una manera tan aparentemente simple. Los investigadores han demostrado la importancia de la situación, el tiempo, el entorno, etc., para conseguir modificar la conducta del ser humano. De manera que todo acto de comunicación se sitúa en un contexto porque nada se escapa de una situación de comunicación.

Cuando me perdí el reino tenía un rey que ya no es el rey que reina.

Cuando me perdí apenas se veía venir a un tipo avispado con coleta –mi barba tienes tres pelos-, ahora aplaudido en Europa por los de este mi oficio mugriento, que a las veces evocaba la guillotina con habla suave y lengua bolivariana –exprópiese- y procaz. Pero este de la casta nueva es más inteligente que los de la vieja casta y sabe que la comunicación es training, y que para influir hay que saber manipular los contextos en que se produce la comunicación.

Cuando me perdí los ecologetas rampantes aún no habían decidido que expulsarían de su ínsula a quien como ellos no piensan, pues nunca piensan que sean ellos quienes tengan que marcharse.

Cuando me perdí había un diputado socialista víctima del terrorismo que más odiaba a sus adversarios políticos de la derecha que a quienes habían intentado matarlo. Hablaba poco y escribía mucho. Hoy habla mucho y ya casi no le queda tiempo para la escritura.

Cuando me perdí el profesor calvorota de química todavía seguía ahí.

Cuando me perdí el tal Sánchez no dejaba de ser un tal Sánchez entre los sociatas; hoy es su querido hijo que concita casi todas sus esperanzas.

Cuando me perdí había una selección de fútbol roja carmesí que, al modo de nuestra segunda experiencia republicana, en seguida tornó morada y volvió a casa magullada.

Cuando me perdí Estepaís boqueaba angustiado entre el botarate catalán y el dogal impositivo de un gobierno que, luego de prometer aflojarlo y arrasar en las elecciones generales, lo apretó con una saña nunca conocida. Hoy Estepaís boquea angustiado entre la coleta grimosa, el botarate catalán y el dogal impositivo apretado e nuestro cuello por este gobierno con una saña nunca antes conocida.

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