Imagen real, imagen ficticia

IMG_1619Andaba yo echándome un remiendo en el ánimo y quitándomelo luego a fin de pasar del mejor modo estas fiestas tan entrañables, cuando me di de sopetón con el discurso del rey. No con el de la película, aclaro, sino con el de la crudelísima realidad que nos circunda. De primeras se me antojó entelequia. Hice por escucharlo atentamente pero hipnotizado por una corbata imposible, un inmenso trilobites encendido en el jardín que me exigía poner mis cinco sentidos en él, y aun el sexto si lo tuviera, y una fotografía difuminada que fui incapaz de desentrañar en la pantalla millonaria de megapíxeles por mucho que me acercara a ella con grave riesgo de desprendimiento de retina, apenas alcancé a oir vocablos sueltos y espesos, como de borbotón sopero. Pensé que si yo fuera guiri y me diera por estudiar el idioma de Cervantes, una de mis peores pesadillas sería echarle cuenta al discurso anual de SM.

De modo que para aclararme sobre lo que dijo SM o guardó para Sí dime a leer cuanto artículo, crónica o editorial tuvieran a bien publicar los de la gaya ciencia y a escuchar o a contemplar, depende, cuanto comentario volandero sobre el suceso se hiciese en las tertulietas políticas que proliferan en medios fríos y calientes. Sigo en la inopia. Quien alaba su majestuosa prudencia, quien le acusa de no haber dicho nada que pudiera tomarse en serio, quien detecta el mensaje subliminal dirigido al heredero de que no está dispuesto a abdicar, quien prefiere aludir al quingentésimo desafío a los españoles, aprovechando la coyuntura, del catalán botarate y chanflón.

A lo mejor el problema reside en que, por mucho que me esfuerce, siendo yo lector, oyente o espectador B, nunca podré tener la misma cantidad de información que, pongo por caso, ese tertuliano A que pontifica a su gusto sobre lo divino y lo humano. Es lo que se ha dado en llamar puntuación de la secuencia de hechos. Veámoslo a propósito de Montoro, el ministro que recauda cada vez menos porque sube cada vez más los impuestos directos e indirectos, y que acaba el año como empezó, a dentelladas con los décimos premiados de la lotería. Ahora que no parece hacerle mucha gracia a casi nadie, ahora que, para se note mejor el parecido, le dibujan gafas a Montgomery Burns, viene un tertuliano de los de toda la vida que aparece en todos los programas y se siente en la demagógica obligación de defenderlo. Para ello expone sus argumentos más pesados, a saber, que ha nacido en Jaén, que no es un pijo del Pilar (al modo de Wert y Guindos que sí lo son) y que ha vivido en Entrevías. Nada de esto sabía yo. El malentendido se produce, entonces, por causa de mi escasa y sesgada información. Yo, lector-oyente-espectador B creía que con Montoro pagaba más impuestos por la cosa de mantener el tinglado de la farsa política, cuando en verdad, según me informa el tertuliano A, si pago más impuestos es porque Montoro ha vivido en Entrevías. Pues prefiero a los pijos del Pilar. Y si Montoro quiere mejorar su imagen pública, empiece por desterrar de su vestuario esas corbatas taparrabos que arrastra penosamente por los pasos perdidos.

Con tanta y, paradójicamente, tan escasa información sufro lo que Charles Handy llamaba deformación perceptiva del receptor. Estoy en no oír ni percibir más de lo que estoy dispuesto a oír o percibir, y reproduciré convenientemente distorsionados los mensajes más molestos.

Cuenta Jenofonte la historia del estratego griego Clearco de Laconia a quien Ciro mandó decapitar por perjuro y rompedor de treguas. Este Clearco era un broncas que estuvo en la guerra entre Esparta y Atenas. Cuando para su desgracia se firmó la paz convenció a su ciudad de que los tracios perjudicaban a los griegos y, con la autorización de los éforos, se hizo a la mar para combatirlos. Luego los éforos cambiaron de opinión y le pidieron que volviera, pero como Clearco no hizo el menor caso Esparta lo condenó a muerte por insubordinación. Decidió acudir a Ciro a quien sacó un pastón con el que reclutó un ejército para combatir a los tracios, los venció y saqueó el país.

A Jenofonte estas acciones le parecen propias de un hombre amante de la guerra que, pudiendo vivir tranquilo sin deshonra ni perjuicio, prefiere la lucha. Clearco, escribe Jenofonte, era amante del riesgo y prudente en los momentos críticos, hábil en el mando y capaz de preocuparse de que su ejército tuviera víveres. Tenía la voz áspera y un aspecto que infundía temor. Seguramente por ese motivo sus hombres lo querían a su lado en el fragor de la batalla, pero lo abandonaban con un por si acaso en cuanto salían del peligro.

Yo no le veo mucho parecido con el estratego Rajoy para quien ninguna guerra va con él, infunde temor escaso, y su voz, más atiplada que áspera, escapa de su boca sibilante y serpentina. En realidad a mí Rajoy me recuerda al buen soldado Švejk fumándose un puro.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Comunicación, Política y etiquetada , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s