Mitos, estereotipos, arquetipos y prototipos

El estudio científico de la imagen ha recuperado formas icónicas ancestrales, heredadas de la antigüedad, convertidas por los expertos en comunicación en armas publicitariamente muy poderosas. Los modernos mitos se planifican, se  crean y se mantienen gracias a fuertes y rentables inversiones económicas porque detrás de los mitos hay siempre una vigorosa imagen mental eficazmente potenciada por los medios de comunicación de masas.

Los estereotipos encarnan determinadas clases de valores y ofrecen una concepción simplificada de un personaje aceptada de antemano por determinados grupos. Hay estereotipos sociales que establecen una imagen de los partidos políticos según su ideología, conducen el comportamiento del electorado y se expresan en juicios de simpatía, indiferencia o abierta hostilidad.

IMG_0224Patrick Harpur escribe que los mitos se resisten a las explicaciones que elaboramos para tratar de comprenderlos. Y, siguiendo a Needham, asume que los héroes, los dioses, etc., cambian de forma a menudo, bien para llevar a cabo una acción positiva o bien para evitar los límites que imponen el espacio y el tiempo. Los mitos tienen remotos y misteriosos orígenes, y, por lo tanto, profundas raíces.

Jung llamó arquetipos a las estructuras universales de la psique que se identifican con la noción de “pautas de comportamiento”. Y afirmó que es propia del arquetipo una acción numinosa que afecta al sujeto de modo similar al instinto o que, tal vez, podría llegar a dominar al ingobernable instinto. El hombre puede aparecer en arquetipo y ejercer los efectos correspondientes, puede, escribe Jung, ponerse en el lugar de dios por lo que tendría mucho sentido que otros hombres se refieran a él como se refieren a dios.

Decía Mircea Eliade que hasta la existencia más mediocre está plagada de símbolos. El hombre más realista vive de imágenes y el espíritu se vale de las imágenes para aprehender la realidad última de las cosas, una realidad que se manifiesta de un modo contradictorio y, en consecuencia, no puede expresarse en conceptos.

Veo al ministro del interior, ese estereotipo, ese don Friolera que engulle signos y excreta significados –“le hallo a usted como estrafalario”-, en el cuartel de la guardia civil en donde etarratas que ya hocican libres entre tanta mierda acumulada en nuestras calles asesinaron a cinco niños y a cinco adultos, balbucear enfático lo que un propio no muy avispado le ha puesto en los papeles: qué mejor prueba de la derrota de los terroristas que vislumbrar cómo salen de la cárcel al mismo tiempo y por la misma puerta que los violadores del portal, los violadores del ascensor y los violadores de la escalera de servicio. Y afirma, siempre papel mediante, siempre ampuloso, que precisamente ahí es donde se ve que los terroristas vascos no han alcanzado sus últimos objetivos políticos aunque en el entretanto descerrajaran la vida de más de ochocientos españoles inocentes y atribularan al resto durante cincuenta años.

Hay un arquetipo renovado a mano izquierda, asaltafincasymercadonas con-carnet-de-tractorista, que ya pasa de sufragios universales y otras mandangas democráticas. Está en lo de la lucha de clases, en el poder popular y en el exprópiese como pátina chavista al comunismo del siglo XXI. Lo acojonante es que crecen como espuma de cerveza en las encuestas. Junto a ellos están esos mitos del sindicato, que viva la lucha obrera, con entrenamiento de infante de marina en las playas caribeñas, mariscada va, karaoke viene.

Hay también un prototipo catalán, imposible cruce entre abuelo cascarrabias de Marisol y Garisa, áulico de economía o algo así, que sigue dale que te pego con la matraca de que una generación de estas acabarán por independizarse de ellos mismos. Ahora que ya no hay charnegos sin asimilar sino unionistas inasumibles, contemplan la independencia como la autopista hacia el cielo que les habremos pagado a escote el resto de los españoles.

Un elemental sentido del término mito es el de mentira, el de algo irreal que se propone con intención de engañar, seguramente con el deseo mal disimulado de dejarnos a todos en pelotas o en pelota, según convenga.

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