Tétrico y los otros tiranos

El peor de los treinta tiranos de Roma que en realidad nunca llegaron a treinta quizá fuera Tétrico. A este pavo –que ni loco quería sentarse en el trono del imperio- se le ocurrió fingir una guerra civil con Aureliano (otro de los treinta tiranos que en realidad nunca llegaron a treinta) para poder entregarle todo el poder. Ni corto ni perezoso condujo a sus tropas al campo de batalla, las situó de la peor manera posible, se lo contó al ejército enemigo y salió de naja. Naturalmente sus legiones, que con harto motivo lo despreciaban, fueron convenientemente masacradas.

Sabido es que Van Gogh antes de dedicarse a la pintura quiso ser predicador en Inglaterra pero con su confuso inglés y su innata garrulería era incapaz de emocionar a los feligreses más cultos: tartajeaba nervioso haciendo alarde de una paupérrima elocuencia. De modo que optó por sermonear a gente de condición más humilde y menos exigente.

Vivimos en un permanente ¡ay! a la espera de las peores nuevas. Aquí el poder se nos queda en nada en cuanto al Jefe del Estado, un hombre enfermo que le niega a su heredero el oficio de regente, le someten a la penúltima de sus intervenciones quirúrgicas y el presidente del gobierno viaja a la ONU por la cosa de entrar en el consejo de seguridad. Algún subsecretario, si acaso, para guardar la viña.

IMG_0140Pues lo cierto es que aquí andamos con las muletas de la murga de la secesión catalana. Está el molthonorable con la perra de la consulta ilegal y de ahí no se mueve, y está el gordo que le deja gobernar pero que ya le ha visto las orejas al lobo y dice que por qué va  a renunciar él a nada: catalán porque se me ha puesto donde se me ha puesto o catalán y un poquito español para que los de la Europa de los pueblos no me manden de una vez por todas al carajo.

Es verdad que un mensaje repetido termina penetrando en la conciencia individual o colectiva: de hecho en este principio se basa toda la comunicación publicitaria. Pero, como afirma Joan Costa, “cuando en el discurso de una acción comunicativa no hay más que redundancia, sin ninguna información, novedad o noticia de interés para el público, entonces la redundancia no es sino puro ruido”.

Hay una tal Milagros Hernández, concejala de cultura o así, de muy poca cultura y de mucha mano izquierda, a la que le ha dado por garrapatear con faltas de ortografía al director del Teatro Español porque no le gusta lo que programa. Grueso, el del teatro, contesta sin animus iocandi y va y le dice que lo que a él le avergüenza es que un responsable de cultura escriba de manera tan zafia.

Ya dijo Eulalio Ferrer que “comunicación es información, más pensamiento, más conocimiento, más cultura, más inspiración, más ciencia. Ese gatillo que dispara la acción, según la afortunada frase de Wiener. Más la conjunción de habla y lengua: la que da puntería al disparo y lo dirige”. Hoy esto parece que no lo entiende casi nadie: claro que, nos guste o no, Eulalio Ferrer pertenece al mundo de ayer.

Si por casualidad os enteráis de que los ugeteros cargan a la visa oro que les pagamos entre todos hasta las gominolas que se zampan, o de que el recibo de la luz es un 63% más caro gracias a la extravagancia esa de la energía alternativa (los más de 20.000 molinos de viento generosamente subvencionados que tanto daño hacen al paisaje o los no menos espeluznantes paneles solares), o de que el ministro de la hacienda pública nos aumenta una y otra vez los impuestos mientras que la casta intocable permanece intocable hasta el fin de los tiempos, yo os digo: a pagar, a votar y a callar.

Aludía aquel gran enmascarado que fuera alcalde de Madrid en uno de sus muy celebrados bandos al intolerable comportamiento de algunos jóvenes sin escrúpulos que con el ruido  molestaban el sueño y el trabajo de los vecinos de la villa y corte. Y remachaba: “agavíllanse en ocasiones estos jóvenes, por lo común adolescentes, para que el número aumente el estruendo y fortalezca la impunidad de su deplorable conducta”. Aplíquesele el cuento a los políticos.

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