Paradojas

Miércoles de carnaval. Como cada año por estas mismas fechas asisto atónito a la reposición de la grandiosa, generosa y aparatosa mojiganga Diada en ese apéndice de la corona de Aragón al que la historia le niega inmisericorde el asidero para estas y otras zarandajas. Un éxito de convocatoria, organización, logística y comunicación, según cantó cuatro veces el gallo de exteriores “dándole al manubrio del ludibrio del bodrio”. ¡Friolera!

En Palo Alto estudiaron la comunicación paradójica. Enunciaron los tipos de paradojas que se pueden observar en el proceso de comunicación interpersonal.

Uno de estos tipos, la paradoja pragmática, viene a explicar que cuando se emite un mensaje paradójico, cualquier reacción que suscite será igualmente paradójica porque resulta imposible comportarse de manera coherente y lógica en un contexto incoherente e ilógico.

La única posibilidad que tiene el receptor del mensaje es salir, escaparse, del contexto absurdo que le han presentado, es decir, comunicar sobre la comunicación. Pero la metacomunicación nunca es fácil porque exige explicar lo irracional de la situación mientras que el responsable de ese marco incoherente puede simplemente negarse a aceptar la comunicación en el metanivel y utilizarla como prueba de la maldad o de la estupidez de su interlocutor.

Algo así le debe estar sucediendo al presidente de la nación, acaso asustado por ese contexto ininteligible e ilógico que han creado los secesionistas y que tan calurosa acogida parece tener en los medios de comunicación de medio mundo. Ha contestado a la carta que le remitiera el catalán hace casi dos meses. Le dice que de la consulta ni hablar pero lo de la financiación autonómica especial podría mirarlo. Sin fecha de caducidad. Antes habló uno del PP, vicesecretario de una cosa de nombres encadenados, y vino a proclamar, ampuloso y fatuo que si hay que votar votemos todos (¿el qué?), que la solución es el diálogo (¿sobre qué?, ¿para qué?) frente a las cadenas, y fruslerías semejantes. Loquiloquios.

medallaEscribía Ernesto Sábato sobre Borges: “encerrado en su torre, pues, elabora sus juegos. Pero el remoto rumor de la realidad lo alcanza: rumor que se cuela por las ventanas y que sube desde lo más profundo de su propio ser”.

Sospecho que en estos años de nuevo régimen han ocurrido en España cosas de las que nunca obtendremos razón. Acciones sombrías, sucesos escabrosos que se produjeron al abrigo de la cara más dura, de la impunidad y del bravuconeo, también de la forzosa holganza. Pareciera que la pústula del mal revienta cuando al hombre le niegan la costumbre. Las cosas son como son y pretender invertir su esencia, o aun mudarlas de sitio, es jugar con fuego. Y nos quemaremos.

Y a todo esto la deuda pública, la de todos los españoles, ya supera el 90% del PIB. Una salvajada. Leo que en 2007 (no hace tanto tiempo), la deuda pública española equivalía al 36% del PIB. ¿Qué hemos hecho tan mal o qué mal hemos hecho?

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