Al futuro en velocípedo

Cuenta Julio Feo en su primer libro de memorias, cuyo nebuloso y simplista título “Aquellos Años” no hace honor a lo que contiene, un interesante texto incensario de una época que en Estos Años ha dejado de existir en la memoria colectiva, que en cierta ocasión recibió la visita de un Jim Kiss, experto en comunicación norteamericano, para convencerle de que España debía contar con una empresa especializada que se encargara de velar por su imagen en USA. Julio Feo, profesional al fin y al cabo de la cosa, se mostró muy de acuerdo con la idea pero, según dejó escrito, “no se pudo ni siquiera plantear el tema formalmente por la oposición de los cuerpos del servicio exterior español y no sólo diplomáticos”.

Explica Wally Olins por qué jamás volverá a volar con Iberia, y fue que la compañía aérea española perdió a su hija pequeña de doce años cuando volvía sola a Londres desde España. Los papás esperaban a su niña en una terminal y ella apareció en otra distinta una hora más tarde. Olins trató de obtener alguna explicación de la compañía pero, según refleja, “Iberia nunca se disculpó, y sus explicaciones fueron confusas, absurdas y contradictorias. La culpa siempre era de otros; ellos eran inocentes”.

Al mismo Wally Olins no le dolieron prendas en ponderar el “enorme programa promocional” que, identificado con el símbolo del sol de Joan Miró, “ha rehabilitado y revitalizado España ante sus propios ojos y ante los del mundo”. España, en su opinión, se ha convertido en “uno de los mejores ejemplos de branding nacional moderno y de éxito, pues se apoya en lo que tiene realmente; incorpora, absorbe y abarca gran variedad de actividades para formar y proyectar un todo flexible y de muchas caras, pero coherente e integrado y cuyas partes se apoyan mutuamente”.

Por el contrario, Josep-Francesc Valls, profesor titular de Esade, pronosticaba en los albores de los 90 que “la falta de vertebración entre lo público y lo privado, la acción deslavazada de las administraciones, y la falta de un código y símbolos estatales y regionales consensuados para la comunicación y la comercialización de los productos y mensajes son las dificultades más sobresalientes con las que [España] se va a enfrentar en el momento de la concreción de la imagen de marca de país”.

fotomadridA mí no me cabe ninguna duda de que las cabezas visibles y parlantes de la exuberante y costosa delegación española -superior a las cien personas, unas más respetables que otras-que se presentaba por tercera vez al examen del COI, acudían abastecidas de los mejores consejos de los mejores asesores de comunicación, convenientemente entrenadas, sabiendo de antemano lo que deberían decir en caso de que sí y en caso de que no.

Y creo sinceramente que la poco entrañable alcaldesa Botella hizo por mostrarse entusiasmada y hasta acogedora y simpática (que lo lograra es distinto cantar que no diré sino a quien conmigo va); que el presidente del COE, un tal Blanco de mirada torcida, dio la cara hasta donde pudo, esto es, hasta que le preguntaron por la operación puerto y salió por peteneras; que el González presidente de la Comunidad, explicó en correcto y fluido sajón, sin necesidad de lectura, hasta dónde llegaban sus poderíos; que el presidente de la nación, como siempre hace, leyó folios y folios en la lengua del imperio para intentar convencer de nuestra capacidad organizativa y financiera a quien no deseaba ser convencido; que el príncipe estuvo brillante y, por momentos, hasta arrollador. Lo malo es que viendo sus fruncidos ceños tuve la sensación de que los del COI parecían tener más presentes en sus retinas los falsos y sectarios grabados de Teodoro de Bry que las imágenes de ese video promocional interruptus que no se envió a luchar contra los elementos.

Al cabo, yo creo sinceramente que no somos sino lo que somos, que la Caja Mágica del poblado de San Fermín, el Madrid Arena en donde encontraron tan mala muerte unas niñas inocentes, y la Peineta atlética, son instalaciones crepusculares que, por su errada ubicación, mal uso o desuso, con un mero afeite no dignificarían los juegos. Y hasta aquí hemos llegado.

Dice Hermann Tertsch que es una suerte que no nos hayan concedido la organización de los Juegos Olímpicos porque “nos habríamos olvidado de las inmensas mentiras que nos trajeron adonde estamos. Y sobre ellas habríamos construido otras mentiras mayores”.

Yo no lo sé, aunque admito que recaemos en lo que creíamos superado, en la revancha de cuando aquello bajo el mandato del presidente sin atributos, en el resentimiento social, en las peores corrupciones políticas y sindicales. Los alifafes de nuestra vieja y decrépita España parecen agravarse con el paso acelerado de un tiempo que ya ha dejado de pertenecernos y, sin darnos cuenta, nos hemos lanzado a conquistar el futuro montados en velocípedo cuando creíamos que viajábamos en avión supersónico.

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