El training

Vuelven las causas generales. Si me haces lo de gürtel es causa general contra todo lo mío y si tocas a mi maleni por un quítame allá unos eres que han costado a los parados de la Andalucía los dos ojos de la cara, proclamo asombrao que es causa general contra todos los míos. Lo resume, lúcido, Santiago González en su blog de obligada lectura: “Los partidos políticos son grandes partidarios de los jueces, ese pelotón spengleriano, cuando los imputados son los otros. Cuando son los nuestros, rozan la prevaricación”.

También está la conciencia tranquila del comunista andaluz que se aprovechó del vecino desahuciado. En su partido lo contemplan con esa cazurra cotidianeidad que rezuma el caso. Y lo de la pepera protegida que acumuló patrimonio de norte a sur que le abrigue la desapacible jubilación.

roma2His rebus gestis los intocables suelen reclamar para sí cámaras y focos. Espléndido. Pero ¿y el training? Advertía Hurst que todo hijo de vecino se debe tomar la molestia de formarse para el cambio por dos motivos: por un lado, porque es la única manera de desarrollar las capacidades de liderazgo y gestión (entre otras habilidades) y, por otro lado, porque muchas veces las percepciones y la motivación de los individuos deben evolucionar en paralelo a las nuevas necesidades. Si cambian las circunstancias uno debe cambiar con ellas, lo cual se consigue mediante el aprendizaje y la formación.

Un ejemplo. El gran Aznar ha ido derivando hacia Aznar el grande. Lengua y habla. Modelo colectivo y suma de individuales, según la añeja definición de Saussure. A Aznar se le escucha y se le atiende pero cada vez es más difícil entenderle. “No habla, masculla”. Parece que ha adoptado una pose que, al cabo, terminará por devorarlo. Musita lo que la flagelada clase media ansía, pero ni con trompetilla se le entiende. Me obliga a subir el volumen y el zumbido se convierte en el vuelo de un moscardón fatigoso.

Otro ejemplo. La vicepresidenta presidenta. Se le supone una más que aseada administración de la cosa pública en la Castilla quijotesca, y, sin embargo, cada vez que discursea duda, se trompica, balbucea y a veces concluye con algún mensaje a la desesperada ininteligible o, aún peor, incoherente con el resto de su discurso. Me da en la nariz que no dedica ni un segundo de su ajetreada existencia a construir sus mensajes y a exponerlos con claridad. Impróvida. Pero debe saber que en asuntos de esta índole no cabe la improvisación: incluso para improvisar ante el público hay que prepararse adecuadamente. En última instancia, se trata de ensayar todas las alternativas posibles por si se diera el caso de que la mala suerte depare lo indeseado.

Y a mí que todos estos intocables empiezan a recordarme a las piedras andarinas del Valle de la Muerte: andan de acá para allá y dejan su rastro pero nadie ha encontrado todavía explicación científica a un hecho tan sobrecogedor.

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