Debates esterilizados

La comunicación interpersonal no se entiende sin la existencia de juegos comunicativos. Estratagemas y subterfugios con que se pretende eludir en la medida de lo posible un descarnado cara a cara. Hay juegos que propone el emisor y juegos que pertenecen al exclusivo ámbito del receptor.

Embarrar el campo es una de las aficiones preferidas de tertulianos de toda laya. Cuando el emisor inicia su perorata con un “no pretendo que estés de acuerdo conmigo o es mi obligación decirte”, ya está empapando el mensaje, artificio mediante el cual, como aquellos antiguos balones con que hacían sport y jugaban al football nuestros abuelos, se pretende que adquiera un sobrepeso tal que rompa la crisma de quien ose rematarlo de cabeza.

El receptor, de su lado, puede interpretar un mensaje de manera negativa, hacerse la víctima mediante la apariencia de una herida imaginaria, de tal forma que consiga interrumpir la comunicación cara a cara cuando más le conviene.

Un tertuliano de toda la vida, pretoriano del invictus, confiesa entre camaradas que está teledirigido, que hay un señor del sur que lo guasapea sin tino mi medida cuando le toca hablar de eres y fondos de reptiles. Luego, el tertuliano de toda la vida dice que no ha dicho lo que ha dicho y, por si esto no colara,  que se le ha malinterpretado o sacado de contexto. Ojo con el contexto, tertuliano de toda la vida. No sirve para un barrido o para un fregado según nos sople el viento por más que influir consista en manipular los contextos de una situación dada para crear un sentido que se imponga a otros sentidos y nos obligue a actuar conforme a ello.

La comunicación no es solo asunto de transmisión de mensajes sino que es un proceso que modifica ciertos contextos para cambiar la situación introduciendo nuevos elementos que interactúan entre ellos. Decían en Palo Alto que es imposible no comunicar, que la comunicación impone conductas además de transmitir información, y que la comunicación debe entenderse como una secuencia ininterrumpida de intercambios.

Ocurre que en una tertulia de contenido político se defiende sin rubor el argumentario partidista, la ideología sobrevenida o el editorial del periódico. Sabido es que la dialéctica se nutre de tácticas y estratagemas al servicio de una estrategia que, por lo común, consiste en tapar a cualquier precio la bocota del bocazas con quien no parlamento sino discuto. Hay tertulianos que muestran especial habilidad en sus intervenciones: los hay, por ejemplo, que al tiempo que presentan su tesis aluden a la tesis contraria, de modo que el que viene detrás arrea y no le queda otra que elegir una de las tesis que siempre será la que más se acerque al pensamiento de quien las ha presentado pues, de lo contrario, caería en flagrante contradicción.

Hemos visto también a expertos en provocar la cólera del adversario con el taimado propósito de hacerle perder la razón y sea ya incapaz de juzgar correctamente y percibir su propia ventaja. Hemos visto cómo se interrumpe la disputa cuando la argumentación contraria se sustenta en sólidos argumentos. Hemos visto a tertulianos que intentan desconcertar al adversario con un caudal de palabras sin sentido. Hemos visto, en fin, demasiadas veces a quienes pretenden tratar como prueba lo que a todas luces no es una prueba y proclamarse vencedor del debate.

4Lo del calentamiento global. Es verano. Vuelve el ecologismo chancletero. Con ellos no hay posible debate.

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