El carnaval de los animales


Cuenta Jerry Della Femina que la peor idea para una campaña publicitaria de bebidas alcohólicas que recuerda fue la que tuvo hace años Schenley, compañía de bebidas alcohólicas. Un ejecutivo de marketing de Schenley insistió en que en su agencia había una mascota a la que llamaban Sunny the Rooster. Supuestamente sunny the rooster equivalía publicitariamente al sabor de una mañana soleada y alegre. Se dijeron que si eran capaces de convencer a la gente de que por mucho que bebiera no tendría resaca al día siguiente, venderían muchas botellas. Lo que intentaron –y no pudieron conseguir-, era decirle al consumidor “escucha tío, si consumes nuestra bebida nunca te levantarás  registrando tu cartera para saber quién eres y de dónde vienes. Bebe nuestra marca y te encontrarás perfectamente”.

Recorrieron siete agencias con la mascota Sunny the Rooster. Al cabo, tenían siete agencias intentando crear una campaña construida en torno al sabor y la sensación de una mañana soleada y alegre. Gracias a Dios, escribe Della Femina, la campaña nunca se llevó a cabo porque nadie hizo nada que fuera medianamente decente. Al final no quedó claro si las agencias que lo intentaron eran muy malas o si Sunny the Rooster era solo otra idea loca que nació descabezada. Muchos gastaron  un montón de dinero en Sunny.

IMG_1473Hay un cuento de Francisco Tario en el que una gallina se percata de que ha sido elegida como cena por un cocinero sanguinario y decide morir matando: se escapa para comer hasta hartarse de “una planta misteriosa, azafranada, de hojas muy ásperas”, fruto prohibido del que su madre le había prevenido desde su más tierna niñez. Y efectivamente “treinta y seis horas más tarde, cinco ataúdes en fila bajaban por la arboleda rumbo al cementerio”.

Cuando Marcial le pidió a Domiciano que fuera indulgente con sus epigramas porque “tus triunfos han debido acostumbrarte a las bromas y un general no enrojece por servir de materia a un dicho ingenioso” y porque aunque sus versos sean libres, su vida es irreprochable, el emperador le contestó que él le daba una naumaquia y recibía a cambio un epigrama y se preguntó si no pretendería nadar con su libro. Marcial, entonces, escribió: “un águila llevó en otro tiempo por los aires a un niño, preciosa carga que conducía sin herir entre sus garras. Hoy los leones de César se dejan  enternecer por sus víctimas y una liebre juega sin peligro entre las enormes fauces. ¿Cuál de estos dos prodigios os parece más sorprendente? Uno y otro proceden de señores omnipotentes: uno es obra de César y otro de Júpiter”.

En el coloquio entre Cipión y Berganza, canes que lo fueron del hospital de la Resurrección en la muy castellana ciudad de Valladolid, dice Cervantes que dijo Berganza “bien sé que ha habido perros tan agradecidos que se han arrojado con los cuerpos difuntos de sus amos en la misma sepultura. […] Sé también que después del elefante el perro tiene el primer lugar de parecer que tiene entendimiento; luego el caballo, y el último, la jimia”. Cipión le responde que “ni has visto ni oído decir jamás que haya hablado ningún elefante, perro, caballo o mona; por donde me doy a entender que este nuestro hablar tan de improviso cae debajo del número de aquellas cosas que llaman portentos, las cuales, cuando se muestran y parecen, tiene averiguado la experiencia que alguna calamidad grande amenaza a las gentes”.

Del Marqués de Villena escribe Hernando del Pulgar que “tenía un tan singular sufrimiento, que por gran discordia que tuviese con alguno, ralas veces le vieron romper en palabras, y mucho menos en obras: antes ponía siempre sus diferencias en trato de concordia, que en rigor ni rotura, porque reputaba ser mejor cierta paz, que incierta victoria”.

La inesperada visita a la televisión del expresidente pepero, bigote translúcido, papel celo pegado sobre el labio superior, reclamando el liderazgo que no ve por ningún lado para el cambio que considera imprescindible, ha encabronado a todos excepto al presidente perezoso que se limitó a apartar de sí ese cáliz con gesto displicente y a contraprogramar la entrevista recibiendo la visita del otro expresidente -aquel gatazo blanquinegro y tontiastuto, castrado, gordinflón y satisfecho en descripción nada apresurada de Sánchez Ferlosio-, mientras aseguraba que ni por el forro pensaba hacer la más mínima reforma a su política económica. Pero resulta que hay más déficit del Estado, se recauda menos por IVA e IRPF, y seguimos gastando lo que no tenemos entre otras cosas para que sus señorías coman a trece euritos el menú y beban sus cubatas por poco más de tres euritos. Y a Laffer que le vayan dando.

Recuerda en eso a la otra vieja dama, Angela Merkel, que, como se explica en mi blog favorito, “para los españoles es esa persona que no cambia, que no se sale del camino y que no se aparta un milímetro de su ideología”.

Clampitt desarrolla seis ideas fundamentales que explican nuestra resistencia a los cambios:

-El cambio es antinatural. Viene a decir que la inercia de la tradición es una fuerza muy poderosa, entre otros motivos porque la tradición ayuda a mantener elevados niveles de desempeño y explota los beneficios del conocimiento adquirido mediante la repetición.

-El cambio siempre trastorna.

-El cambio siempre es progresivo. Rechazar una nueva idea no supone necesariamente miedo a cambiar. De hecho puede ser una señal de prudencia y profundo análisis.

-El cambio siempre es estresante.

-El cambio indica que algunas de las prácticas anteriores han sido erróneas. Por ejemplo, el déficit causa numerosos problemas y la subida de impuestos podría resolver el problema. En contraste otros estudios sugieren que hay mejores maneras de conseguir los objetivos. Si hay dos ideas que pueden comunicarse con éxito, entonces el cambio puede llevarse a cabo sin resistencia.

-El cambio auténtico solo nace de la crisis.

Reacciones habituales al cambio: rechazo, ira, negociación, depresión, aceptación.

Decía socarrón Corto Maltés: me encantan las visitas porque la gente suele venir a dar, no a pedir.

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