El hombre indiferente en el museo de antropología

Aunque aún no se sepa cómo utiliza nuestra mente la enorme cantidad de información que nos llega a través de los sentidos, hay quien, como Steven Pinker, defiende que nacemos convenientemente apercibidos de sentimientos, impulsos y facultades para razonar y comunicarnos, productos que lo son de la selección natural en el transcurso de la evolución humana y que todo lo deben a la información contenida en el genoma.

De lo que sí podemos mostrarnos relativamente seguros es de que la Retórica, entendida como una poderosa arma de acción político-social, nació en la Siracusa del siglo V a.C., y tradicionalmente se atribuye su invención a Córax  y Tisias. Córax se dedicó a la oratoria política e inventó un esquema de discurso deliberativo profusamente utilizado en la Asamblea que constaba de proemio, debate o agón en que se incluía la narración, y epílogo o peroración. Desde su mismo nacimiento, el arte de la retórica tuvo un carácter eminentemente popular y debía respetar los derechos ciudadanos o políticos reflejados en la constitución democrática.

Cualquier ser humano utiliza emblemas cuando no encuentra las palabras adecuadas para transmitir un mensaje. Pero a veces se usan los emblemas de manera inadvertida: son deslices corporales que descubren información que se hubiera preferido mantener en secreto. Cuando el emblema, por ejemplo un encogimiento de hombros, se lleva a cabo de una manera incompleta o alejado del sujeto a quien va dirigido, entonces podemos asegurar que no se trata de un gesto deliberado y delata un sentimiento oculto.

Si queremos transmitir un mensaje resulta fundamental crear una relación positiva para su adecuada recepción; sabemos que una mala relación genera sospecha, rechazo, bloqueo y crítica acerba hacia la idea propuesta. El seductor manipula las apariencias para que el seducido crea encontrar sus propias cualidades en él. Por lo tanto, una de las características de la seducción es su capacidad para constituir una identidad amable en el seducido.

Hace unos años, cuando el presidente aún no era presidente, decía el presidente que tres millones de parados era un insoportable drama para lo nuestro. Hoy, por fin, hemos conseguido doblar esa cantidad tras sus peninsula ibericainauditos esfuerzos. Ya no es un drama y jura y perjura que no, que no va a subir los impuestos, o sí. El fulano Floriano nos embroma advirtiendo a los descreídos que no se dejen cegar por eso de los seis millones, poca cosa, que la macro –lo grande- va como un tiro merced a la inteligente política del hombre indiferente que paraliza la obra pública para no tener que reducir esa miríada de empresas inoperantes, fundaciones absurdas, observatorios que no observan, etc., en donde pastan y abrevan con dinero de todos los de la casta intocable, los suyos y algunos de los otros.

En el parlamento de Galicia hay un tipo que antaño se descalzaba para hacer ruido y ahora golpea la madera con la misma iracundia patológica. Me ha recordado a un homúnculo ítalo, minúsculo bufón, cuyo número más celebrado consiste en arrojar pellas de mierda al sufrido público si lo hay, a curas, a monjas y al Papa si se tercia o, cuando toca elecciones, a los de la derecha.

Queda lo del Maduro venezolano que hacía campaña con un pajarito de madera posado en un sombrero de campesino porque decía que era el alma transmigrada del comandante muerto –te llamaré Verde. Quiere mandar al trullo al que se le opone por un quítame allá la impugnación de las elecciones.

Para todo lo demás está la facultad de razonar y comunicarnos, la retórica siracusiana, el uso acertado de emblemas, y la capacidad de seducir.

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Una respuesta a El hombre indiferente en el museo de antropología

  1. Ana Martínez Yusta dijo:

    ¡Brillante!

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