Filibusterismo

Leo que en el gobierno se quejan amargamente de que la prensa no quiere reconocer los éxitos de su presidente al que afaman, dicen que sin justicia, de perezoso. Tienen lo que se merecen. Como lo tienen estos socialistas que se transformaron en sociatas. Entrambos no cubren la mitad del espectro. A cambio suben en las encuestas el comunista añejo con carnet de tractorista y, sobre todo, la varona política antes socialista y hoy con el corazón púrpura. La calle es de los que más gritan, esa afectada por una hipoteca que nunca ha tenido y ese antañón fascista transubstanciado en nacional-comunista que escrachea a la vicepresidenta con airada mirada y palabras airadas.

Es cierto que el gobernante lo tiene cada vez más difícil con las nuevas realidades sociales. La opinión pública exige ser seducida o persuadida, proceso en el que siempre ha llevado ventaja la siniestra. Sabemos que la palabra sigue siendo el elemento fundamental de dicho proceso; el mensaje es la herramienta de que nos servimos para que ideas y sentimientos desemboquen en palabras e imágenes. Ya hemos dejado por escrito que la mezcla de elementos racionales y emocionales es, al parecer, la que produce mejores resultados. Todo depende del auditorio, claro. Si lo que pretendemos modificar son las creencias y opiniones, el mensaje racional es más persuasivo que el emocional, pero este será superior al mensaje racional cuando se persigue variar el componente afectivo de una actitud dada.

El mensaje del miedo. Dicen los estudiosos que cuanto mayor sea el miedo provocado por un mensaje, mayor será la probabilidad de que el auditorio modifique actitudes y conductas; las apelaciones al miedo que han mostrado mayor eficacia son aquellas que se acompañan de instrucciones cuyo cumplimiento por parte del interpelado evita el daño implícito en el mensaje.

Tal vez el prestigio no deje de ser una ilusión, un truco de magia, pero el político no puede ser como el Clemente Pablo del que escribió Quevedo, “metía el dos de bastos para sacar el as de oros”. El gobernante tiene que poner especial esmero en evitar las injurias de los ciudadanos contra sus bienes, su vida o su honor.

La imagen positiva y consolidada del líder hace más eficaz su gobierno y su política. El arte de gobernar exige no sólo excepcionales condiciones psicológicas o culturales, sino también prestigio y reputación. El problema se plantea cuando el gobernante pierde la confianza de los súbditos porque su comportamiento ya no le hace acreedor a ella.

El jesuita Mariana ya advertía que influye más en el gobierno y en la vida pública el juicio y la opinión de los hombres que la realidad de las cosas. Y el propio Felipe II menciona en sus cartas los peligros de caer en desreputación. Sentencias que, para nuestra futura desgracia, no se tuvieron mucho en cuenta cuando era obligado agrandar la buena imagen de nuestro monarca cuyas imprudencias acabaron por romper la cuerda de la indulgencia ciudadana.

piratas_asterixDicen que el filibusterismo parlamentario de los USA no tiene equivalente en el parlamento de aquí. Es verdad. Aquí somos más proclives a los diez cañones por banda viento en popa a toda vela.

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