Literatura

IMG_1451Sin querer había fotografiado la hoja solitaria y muerta. De repente Madrid se ofreció a mis sentidos como el milagro de un largamente anhelado retorno. Contemplé su casco antiguo y sus modernas avenidas pero ahora con otros ojos, con los ojos de quien recupera un objeto perdido en la memoria, rescatado de un olvido inmerecido, en cuya laberíntica estructura se fundieran un pretérito imperfecto y un futuro confuso pero lleno de esperanza.

Observé lo que en otros tiempos me había pasado inadvertido: esos brutales contrastes entre luces cegadoras y cárdenas sombras; el estallido de vida en las calles más anchas y comerciales que, en contraposición a las mucho más pequeñas, solitarias y silenciosas que son como sus afluentes y en las cuales no más de dos o tres lóbregos edificios cobijan a sus escasos moradores, contagian su alegría a ociosos, parados, vagos, maleantes y trotacalles; los cabrilleos del sol en los cristales de cúpulas, ventanales y escaparates; el tráfago formidable, ofensivo y hostil; la profusión de bares, cafés, cervecerías, tabernas, comedores, cenadores, restaurantes y establecimientos de toda laya que invitan a la jarana, a la tertulia, a la pitanza y su reposo; los grandes almacenes con ininterrumpido río de mirones y compradores; las cada vez más escasas librerías de viejo perpetuamente encastilladas en el deslustre de sus puertas y mostradores.

No he conocido urbe tan indiscreta, ruidosa y ufana como Madrid. El grito destemplado, el estrépito de una excavadora, el bocinazo mortificante, y el agudo sonido de la sirena se alzan a porfía; mas también la calma brota de improviso, al doblar un esquina, al cruzar una intemporal costanilla, al arribo de una plaza recoleta en donde ciudadanos indiferentes y apáticos comparten ámbito sereno con animales propios y ajenos, el viento sosegado, el can dormido.

En su desorganizada aglomeración, Madrid invita a la locura, a un persistente vaivén emotivo. En ningún otro lugar como en Madrid he percibido el palpitar de tantos corazones y la aparición sorprendente del arte. Dondequiera que una imagen se perfilara contra los rayos punzantes del sol, un gesto se adormeciera en el banco de un paseo, o un edificio mostrara el frescor interior de su vestíbulo, parece haber alguien que esculpe efímeras esculturas y la mano invisible de un pintor prodigioso compone infinidad de formas y colores.

Arlequín azul y rosa de Picasso el mimo memo inmóvil; si una alteración de la luz, un ingrato matiz me confunde, es el apunte de cualquier maestro tenebrista; y si un niño felizmente mugriento, corriendo en pos de otros niños tan sucios como él, se enreda entre mis piernas, es que ha salido de la maestra mano del Greco o de Goya.

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