El estilo

Decía Manuel García Morente que la nación es un estilo. Y añadía que cuando acontece que un pueblo comete grave infidelidad a su estilo propio, entonces, este acto equivale a su suicidio como nación.

Así andamos. En tiempos de tribulación, hagamos recuento. La comarca ha votado, con sus bolsones de bolsón cerrado y sus pocos elfos y sus muchos enanos. Hay quien no llega y hay quien airea las vergüenzas. Es el estilo. Muy poco significado y mucha información. Se buscaba el orden, lo previsible y lo convencional –el significado-, y se toparon de bruces con el desorden, lo imprevisible y lo ambiguo, la información. Si hiciéramos caso de Umberto Eco, pensaríamos que el hiperrealismo era pura abstracción.

Es lo que tiene el cerebro: nos hace ver lo que no existe. En la naturaleza no hay colores, ni olores, ni frío ni calor. Francisco J. Rubia lo aclara: “en la naturaleza existen energías de determinado tipo (luminosas, mecánicas, etc.) que inciden en unos aparatos especializados que tenemos en la piel, en el oído interno, en la retina del ojo, etc. Son los receptores, que se encargan de traducir la energía a un lenguaje que el cerebro entiende”. Así que lo innato está en el cerebro. Por ejemplo, apunta el catedrático, la espiritualidad. Y burla, burlando, el éxtasis se puede provocar si se estimulan determinadas regiones cerebrales, aunque “dependiendo del bagaje cultural de cada persona, harán que el sujeto vea a los seres espirituales de su propia religión, pero no –y esto también es importante– de la otra”. Para venir a lo que no eres, has de ir por donde no eres. Los habitantes de la comarca se encontraron con un moisés botarate y una señera a la cubana. Como el Kavafis decúbito que cambia Itaca por las tabernas y los burdeles de Beirut. Aquí Cataluña, allí la Catalunya.

El oído izquierdo reconoce los ruidos ambientales y música  mitinera, en tanto que el oído derecho capta mejor el lenguaje y los sonidos del habla. Es la misma izquierda que si pierde grita y cuando grita nunca pierde. Ahora la ceja parece echar en falta de repente algo de socialismo real, pero hace ya muchos años que Ludwig von Mises cayó en la cuenta de que la dialéctica marxista se reducía al fetichismo de las palabras. Palabras fetiche de doble o triple sentido para facilitar, decía el de la escuela austríaca, la combinación de pensamientos y de reivindicaciones incompatibles. Así la palabra revolución que la izquierda utiliza, cucos que son, como sinónimo de evolución si conviene o como llamada al combate callejero cuando sindicalea.

La comunicación es, como se hartó de repetir Eulalio Ferrer el viejo, cambio e intercambio y, además, “como expresión de la inteligencia humana, permea todas las actividades en lo social, en lo político, en lo económico, en lo artístico, en lo científico, entre el pasado y el futuro, de lo individual a lo colectivo”.

Un cuento sin moraleja: había una vez un entrenador de fútbol empeñado en que el mejor equipo de la historia hiciera de una puta vez el tránsito al siglo XXI. Lo llamaron nazi portugués (de lo que se debería derivar obligatoria querella), lo tacharon de ultradefensivo y sus jugadores hicieron 121 goles derrotando al hasta entonces invencible equipo de la comarca, lo insultaron en ruedas de prensa y fuera de ellas, ultrajaron al hijo, pidió un león que rugiera en defensa del club y le pusieron un buitre que susurra y al ratoncito de su misma quinta, quiso despertar a su afición amodorrada y lo abuchearon en el mismo estadio. Y cuando al fin se fue, hastiado y aburrido, el mejor equipo de la historia seguía en el siglo pasado.

Es el estilo propio de una nación al que el pueblo guarda pasmosa fidelidad.

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