Noticias bomba

Suena a paradoja pero los periodistas, seguramente con todo merecimiento, ni tenemos ni hemos tenido jamás buena prensa. Sir Walter Scott, novelista histórico a la manera decimonónica, aleccionaba a un conocido suyo advirtiéndole de que si establecía algún tipo de relación con cualquier periódico lo consideraría una desgracia y una degradación, y apostillaba afirmando que él, Scott el de Ivanhoe, para escribir en un periódico mejor se dedicaba a vender ginebra a los pobres y los envenenaría de esa manera. No divergía mucho del padre de un antiguo amigo mío y compañero de aula colegial que, en memorable ocasión, espetó a su retoño que prefería verle de puto en la Gran Vía antes que trabajando como periodista. Napoleón, ese imperial canijo y dictadorzuelo de cuya guerra de tierra quemada en España aún nos dolemos, decía que tres periódicos adversarios son más temibles que mil bayonetas. La frase del cardenal Wolsey en la Inglaterra de Enrique VIII, “debemos destruir a la prensa o la prensa nos destruirá a nosotros”, ha sido una constante, una magnitud física inalterable mil veces repetida.

William Howard Russell, el primer corresponsal de guerra enviado por The Times a Crimea a cubrir un conflicto bélico, denunció que los oficiales británicos vivían a cuerpo de rey con chef francés, buenos vinos, sirvientes hindúes, perros de caza y mujeres propias y ajenas mientras que se carecía de camas para los soldados enfermos y los soldados sanos tiritaban de frío enfundados en inapropiados uniformes. El respaldo del periódico a su reportero, supuso el principio del fin de la “información privilegiada” con que los sucesivos gobiernos británicos habían distinguido a tan distinguido rotativo.

La libertad de prensa es inversamente proporcional a la gravedad de la noticia. Cuéntase que la ocupación de Amberes por las tropas teutonas durante la Primera Guerra Mundial mereció las siguientes informaciones: “Al anuncio de la caída de Amberes repicaron las campanas” (KölnischeZeitung); “Según el KölnischeZeitung, el clero de Amberes fue obligado a repicar las campanas una vez conquistada la ciudad” (Le Matin); “Según Le Matin, vía Colonia, los sacerdotes belgas que se negaron a repicar las campanas tras la caída de Amberes fueron cesados en sus funciones” (The Times); “Según The Times, citando informaciones provenientes de Colonia, vía París, los desdichados sacerdotes que se negaron a hacer sonar las campanas a la toma de Amberes fueron condenados a trabajos forzados” (Corriere della Sera); “Según una información del Corriere della Sera, vía Colonia y Londres, está confirmado que los bárbaros conquistadores de Amberes castigaron a los desgraciados sacerdotes que heroicamente se negaron a repicar las campanas, y los colgaron con sus cabezas hacia abajo en los campanarios” (Le Matin)

Tantos y tantos William Boot reporteando por guerras a la búsqueda de la noticia bomba. En Vietnam, los militares estadounidenses culparon a los periodistas de la derrota: la televisión, vinieron a decir, ha presentado una visión distorsionada del conflicto, sesgada, violenta, sucia y miserable, y por esa razón las exigencias de la opinión pública desembocaron en el deshonroso final de la guerra. En Las Malvinas, el ejército británico se negó a embarcar periodistas que no fueran hijos puros de la Gran Bretaña. Max Hastings, uno de los pocos William Boot que acompañó al ejército inglés en la guerra contra Argentina, avisó desde el primer día: “cuando la nación a la que uno pertenece está en guerra, el reportaje se convierte en una extensión del esfuerzo bélico”. En la invasión de la isla de Granada no se permitió la presencia de ningún periodista hasta el momento en que las fuerzas norteamericanas controlaron por completo la isla. Después de eso, la popularidad de Reagan subió como la espuma.

Nada más acceder a la presidencia, a Bill Clinton se le encabronó la prensa porque sus asesores de comunicación dieron en restringir la información que se suministraba a los medios. Un tal Stephanopoulos que oficiaba de director de comunicación se enfrentó directamente con los periodistas y de las hostilidades salió un Clinton seriamente vapuleado que tuvo que ponerse en manos del experimentado David Gergen, un tipo que ya había trabajado con Nixon, con Ford y con Reagan, para recomponer su maltrecha imagen.

Jean François Revel escribió en El Conocimiento Inútil que “salvo rarísimas excepciones, se admite como una realidad en el ambiente de la prensa, a despecho de todas las protestas en sentido contrario, destinadas al mundo exterior, que las preferencias políticas de los periodistas sirven de criterio para la presentación de la información”.

Aquí, mientras ugeteros y cocos están en hinchar el asfalto de Madrid y los niños quieren jugar a quemar curas, nos hemos acostumbrado a leer disparatadas crónicas de los tiempos del disparate. El tedioso affaire Catalunya empieza ya a parecerme más sombrío que chanflón: de su lado cargan tintas en amenazas inconclusas y ofrecen al turista accidental una vergonzosa punto cat de imaginería solo imaginada en algún tripicutre y vacilón, aunque para su desgracia y la nuestra hay quien ya aventura el final de la aventura.

Y para colmo se nos va la Kristel, la bellísima y calenturienta Emmanuelle, dolorosamente transfigurada a lo último en la deplorable abuela esa de verano.

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