Affaire Catalunya

Hace treinta años, cuando aún no existía esa ocurrencia social-celtibérica de la nombrada alianza de civilizaciones, cuyo precio se tasa ahora en sillón de Consejo de Seguridad de la ONU, la supervivencia de los regímenes totalitarios dependía de la extinción de la civilización democrática. Y era una guerra desigual porque la democracia siempre terminaba plegándose a los argumentos esgrimidos por quienes pretendían destruirla.

Escribía Jean-François Revel en Cómo terminan las democracias que lo que caracteriza a la civilización democrática es, sobre todo, su ardor en mostrar a plena luz su creencia en su propia culpabilidad, el celo que pone en alimentar el abrumador informe de sus propias insuficiencias, reales o imaginarias.

El juego es perverso: calumnia, que te compro a precio de oro. Porque, en palabras de Revel, “una civilización que se siente culpable en todo lo que es, en todo lo que hace, en todo lo que piensa, apenas encuentra en sí energía y convicción para defenderse cuando su existencia está amenazada”.


No es sano renunciar a los principios asentados y aceptados por el común para evitar que se despierte el tigre hambriento. No compremos más la confusión entre sucesión y secesión; no compremos con desproporcionados rescates financieros pomposas declaraciones de independencia; y, de una vez y para siempre, no compremos las majaderías semánticas con que algunos aún pretenden salvar su dura jeta equinoccial.

Son viejas tácticas dialécticas: usar falsas premisas, tratar como prueba lo que no es una prueba, vejar, interrumpir si conviene, provocar, deducir falsas consecuencias, retorcer los argumentos, encolerizar al adversario, ridiculizar, realizar maniobras de distracción, desconcertar, apelar a la buena voluntad del otro, etc.

Clausewitz escribió que toda operación ofensiva llega siempre a un punto en que su potencia de combate se iguala con la potencia de combate del defensor, lo cual se traduce en un peligro cierto de contraataque y derrota. Y Sun Tzu sentenció: el general derrotado comenzó la guerra sin saber el modo de ganarla.

Artur Mas debería tener presente estas y todas las imperecederas agudezas bélicas porque me da la sensación de que el “Affaire Catalunya” emparenta con las viejas querellas surgidas entre las sociedades abiertas y sus enemigos.

Confucio ensalzó a quien con la mitad de una palabra puede terminar los altercados. Pues ni siquiera esa godiva que se mostró medio desnuda en el centro del alboroto fue capaz de apaciguar la violencia desatada y desquiciada de unos pocos miles dicen que indignados con todo y con todos menos consigo mismos.

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