La política obscena

Hayek advirtió que el mercado es un proceso en el que se descubre, se utiliza y se transmite información. Lo mismo sucede en la política. La campaña de Eisenhower a las presidenciales de los Estados Unidos de 1952 cambió radicalmente el formato utilizado para distribuir mensajes. Fue la primera ocasión en que se grabaron y emitieron espots publicitarios con el objetivo de atraer votantes. A partir de ese momento, las campañas ya no se limitaron a una mera compra de espacios en los que se encajaban discursos completos, sino que se centraron en la elaboración de anuncios televisados.

Y vinieron todos los demás: Reagan con anuncios al modo de la chispa de la vida; Thatcher imitando el estilo americano; Marcos frente a Aquino en Filipinas, elecciones que ganó Corazón Aquino gracias a la canción Ata una cinta amarilla alrededor del viejo roble con la que se aludía al asesinato de su marido, etc. Paralelamente se “embellecía” el producto: a la Thatcher se le enseñó a modular su chillona voz; a Mitterrand se le modificó su apariencia limándole los incisivos;  a Helmut Kohl, que no quería cambiar su imagen física, le idearon una campaña en la que se potenciaba su tamaño utilizando el apodo de “Gigante Negro”; a Felipe González le encanecieron las sienes para proyectar una madurez personal que no se le veía por ningún lado…

Por supuesto las vidas de los candidatos se convirtieron en imagen, y sus personalidades en productos que hay que vender. Y lo más curioso es que la publicidad política dio en abusar de todo aquello que los políticos en ejercicio censuran públicamente en la publicidad convencional: omisión de hechos probados, engaños, falsedades, imágenes subliminales, ataques personales, etc.

El siguiente paso era inevitable: las tradicionales arenas políticas empezaron a desplazarse, primero hacia las entrevistas, luego hacia las ruedas de prensa, más tarde hacia los debates, y por fin se detuvieron en los absurdos deslices de una casta poco inclinada a aceptar que tiene que ajustarse a la realidad como cualquier hijo de vecino.

Hace unos días a Mitt Romney lo cazaron con cámara oculta. Andaba diciendo el no demasiado espabilado pretendiente al trono del mundo libre que los votantes de Obama, en su mentalidad de víctimas, “creen que tienen el derecho a una atención sanitaria, a comida, a vivienda, a cualquier cosa”. Y, por supuesto, ya que nunca le votarán, el candidato zanjaba el asunto con un chirriante “no es mi trabajo preocuparme de esa gente”. En realidad, lo que hacía Romney era constatar el hecho irrefutable por allí, y también en ciertas tierras de por aquí, de que existe un amplio sector de la población exenta de tributación y que vive merced a las subvenciones estatales. Es lo que se ha llamado voto cautivo que tanto protagonismo ha tenido en nuestras contiendas electorales y que le ha permitido a un partido gobernar con suma placidez durante años y años y años las comunidades más pobres y atrasadas de España.

Se ha estudiado mucho los factores que influyen en los procesos de persuasión. Aunque existe un número considerable de variables que acrecienta el interés por los mensajes que emiten los medios de comunicación, el más determinante de todos ellos es la relevancia personal: a medida que esta aumenta los argumentos de peso resultan más persuasivos. Y como a los pensamientos más extremos le corresponden las actitudes más radicales, el votante se involucra tomando parte activa en el conflicto mediático procesando los argumentos débiles –menos persuasivos- y fuertes –más persuasivos- del mensaje. Todo depende de su habilidad. Sabemos que la repetición de un mensaje conduce a pensamientos y actitudes favorables si contiene fuertes argumentos, pero si los argumentos del mensaje son débiles resulta más sencillo rebatirlos lo que provoca que las actitudes no sean tan favorables.

Yo me huelo que algo parecido está pasando en España con esas manifestaciones y declaraciones secesionistas que, según transcurren las horas y los días, pierden fuerza centrífuga. Porque si el argumento más poderoso es que los españoles nos roban, hoy sabemos que Cataluña recibe cuatro veces más que Madrid. El argumento débil es que si dejan de ser españoles, inmediatamente dejan también de pertenecer a la UE. De ahí que ya nos hayan surgido dos aspirantes a convertirse en el Puerto Rico de un país cada vez más empobrecido, exhausto, inapetente y casi noqueado.

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