Lo subliminal, lo sublime y lo indecente

Cuéntase profusamente que la primera experiencia de publicidad subliminal conocida tuvo lugar en una sala cinematográfica de Nueva York hace poco más de 50 años. Durante la proyección de la película Picnic un tipo llamado James Vicary introdujo, merced a un proyector especial (para unos taquistoscopio, para otros estroboscopio) mensajes lanzados a velocidad 1/3000 de segundo que decían “¿Tienes hambre? Come palomitas” y “Bebe Coca-Cola”, mandato este último que se atrevieron a proyectar sobre el bello rostro de Kim Novak. Estudios llevados a cabo en el mismo lugar demostraron que el consumo de Coca-Cola aumentó un 18,1% y el de palomitas de maíz un 57,5% El hecho de que no se bebiera tanto refresco como palomitas se engulleron no se achacó a que el brutal atractivo de la Novak empezara a decaer sino al mal tiempo reinante, y quedaron los expertos tan ternes asegurando que si hubieran lanzado los mensajes “Hace calor” y “Tengo sed” el consumo de ambos productos habría aumentado de manera similar.

También se acepta universalmente que Alfred Hitchcock utilizó técnicas subliminales en su película Psicosis para acentuar el terror de las imágenes.

Base científica para defender la percepción subliminal: ninguna dicen los expertos, eppur si muove. La mente consciente puede aceptar o rechazar, pero el subconsciente, alegan los defensores de lo subliminal, no posee la capacidad de elegir.

El trabajo de Packard –“Persuasores ocultos”-, desacreditado por muchos y aceptado como la biblia de lo subliminal por otros tantos, sirvió al menos para que la opinión pública se enterara de que los publicitarios estaban utilizando sofisticadas técnicas de venta de cuya existencia hasta entonces no había tenido noticia. Lo cual provocó controversia y no fueron pocos los que exigieron la inmediata ilegalidad de tales usos manipuladores de la mente.

Entre nosotros se dio la célebre manipulación de aquel telediario que ilustró la goleada de España sobre Dinamarca en el Mundial de Méjico con uno de los tantos de Butragueño y el rótulo PSOE surgido de la nada justo en el momento en que el balón entraba en la portería.

Es cierto que se utilizan imágenes que apelan al subconsciente de los individuos. Y casi todas suelen hacer referencia al sexo. Pero hay estudios que concluyen que tales estímulos subliminales no presentan una incidencia especial en la eficacia publicitaria, antes al contrario tienen efectos contraproducentes para el producto que se pretende vender mediante la utilización de estas técnicas. De mis años de cinéfilo, -a cuyo abrupto e irreversible final tanto han contribuido los directores, los guionistas y los actores españoles-, recuerdo con cuánta fruición encendía un cigarrillo al abandonar la sala si en la película recién contemplada aparecían actores fumando de manera compulsiva.

Si lo que se pretendía con la imagen que ilustra este comentario, capturada en el digital de un periódico deportivo, era animar el latente espíritu republicano en sus lectores, no puedo decir que haya tenido tanto poder de sugestión como para transmitirme un fervor por la República del que la historia reciente y no tan reciente de nuestro país me ha vacunado como a tantos españoles.

En otro sentido del que resulta más evidente, esto es provocar tensión, relajar o inducir miedo, estimular, enardecer etc., la música también proyecta mensajes dirigidos al subconsciente. Aparte de aquel esperpéntico Paul is dead que, como comentaban los enteradillos de la época, podía escucharse si se dejaba correr la aguja al finalizar el disco de Beatles, o del heavy rock que, según los curas de mi adolescencia, contenía explícitos mensajes de índole demoníaca, la música aspira a expresar sentimientos a veces prohibidos, a veces olvidados y enterrados. Duke Ellington decía que el jazz era mucho más que una simple música de baile, era la lógica reacción a la tiranía que padecían los negros en las plantaciones, de manera que lo que no podían opinar abiertamente lo expresaban con la música. Y, al decir de Liszt, la música de Wagner oscilaba de lo sublime a lo absolutamente sublime.

Santiago González escribe que en “el País Vasco es fácilmente detectable una especie de telepatía gregaria que conduce a los ciudadanos de forma que todos saben lo que tienen que hacer en cada momento a partir de las instrucciones que reciben de un entorno trucado”. Así es cómo lo sublime va dejando paso a lo indecente. Hace unos días en un pueblo de Burgos nos cruzamos con la mirada perdida y vacía de Ortega Lara.

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