Las guerras del verano

Rendido el estío, al fin cautivo y desarmado, cabe repensar algunos sucedidos tan pegajosos e insufribles como el calor, la misma puta calor que derrotó a nuestro gran boxeador (e indescriptible intérprete del mejor rock de la música española) Perico Fernández en Tailandia enfrentado a Muangsurin que en paz descanse, un buen tipo aunque deficiente púgil de pegada descomunal. Enumeremos. En primer lugar lo de los incendios. Se nos ha quemado el equivalente a Valencia y Aragón juntos. Una pasada. Casi todos los fuegos fueron provocados bien por imbéciles, bien por malhechores. Los imbéciles no tienen remedio: siguen encendiendo la hoguera de la paella rodeados de yesca y estopa, mecidos por un viento demencial por lo cambiante. A los malhechores que llaman pirómanos no parece fácil atraparlos; ocurre que, cuando la policía consigue llevarlos ante el juez, salen de la visita a Su Señoría con multa simbólica que, seguramente, abonará algún capo aprovechado. Año tras año se repite la historia y, a la mayor parte de los españoles, no nos queda si no contemplar con angustia a los otros españoles desolados a quienes el fuego les ha calcinado la razón de su existencia

En segundo lugar el viacrucis de Mercadona. Alguien pretendió elevar a categoría de crisis empresarial lo que no era ni ligero contratiempo. Y, durante algunos días, el supermercado de confianza puso en marcha su estrategia de comunicación de crisis que, con muy buen criterio, se limitó a hacer acto de presencia en las redes sociales en donde se acostumbra a provocar incendios al modo del supuesto pirómano de Robledo de Chavela, arrojando por la ventana del ordenador material altamente inflamable. A Mercadona le costó su trabajo convencer al Ministerio de Sanidad de que emitiera un comunicado asegurando que sus productos cosméticos no entrañaban riesgo alguno para la salud. Luego, RNB Cosméticos publicaba su propia nota explicativa. Y hasta aquí llegó la riada. ¿O no? Porque apareció un tal Gordillo, uno que a fuer de trasnochado estalinista quiere convertirse en Gandhi (sic) trasnochado, uno que lleva siglos de alcalde de pueblo y diputado del Parlamento de Andalucía, y se le ocurrió protagonizar un asalto a Mercadona en cuyo transcurso una chica cajera del supermercado sufrió el empellón de un su muy leal sicario. Ahí la compañía se limitó a poner las denuncias a que le obligaba el saqueo padecido. El Gandhi de pacotilla se fue a marchar con mal disimulada ufanía a todo lo largo y ancho de su pequeño mundo. Y como les ha salido gratis el condumio ahora dicen que en pocos días asaltarán de nuevo otro Mercadona.

En tercer lugar, lo de que si se le muere o no se le muere al gobierno el etarra entre rejas. El tal etarra, después de asesinar a tres guardias civiles, mantuvo durante casi dos años a un buen hombre confinado en un estrecho zulo sin que se tengan noticias de que, en algún momento de esos 532 días de cautiverio, se le ablandara su pétreo corazón de terrorista. Seguramente lo miraría descojonado como un entomólogo observa el comportamiento de los insectos encerrados en un tarro de cristal. Pues a nuestro gobierno el etarra le hizo tilín. Apareció el ministro de Rajoy, ese tipo que engulle sílabas mientras abronca al común de sus votantes,  para advertirnos a todos de que lo dejaba libre en cumplimiento estricto de la ley, y de que no consentiría la más mínima queja pues hacer lo contrario se llamaría propiamente prevaricación. No convenció a casi nadie dentro de su partido y absolutamente a nadie fuera de él. Solícito acudió Su Señoría al lecho del etarra canceroso y dio en decretar su puesta en libertad.

No ha sido un mal verano, a pesar de todo. Grandes o pequeñas guerras que se han ido consumiendo mientras se consumía media España. Lo peor está a la espera de un otoño cargado de malos presagios y de un invierno que se adivina seco y helador.

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