Rajoy y Pitágoras

Al presidente Rajoy parece que ya no le queda otra que ser el taumaturgo que nos saque de este lodazal de la crisis que nos engulle lenta y dolorosamente. El que nunca quiso ser líder carismático de pacotilla como el obeso González, ni machaca de abdominales como el escurrido Aznar, ni sandio temerario como el fofo Zapatero, tendrá que pasar a la posteridad como nigromante capaz de obrar más milagros que todos los hechiceros de la historia juntos.

En realidad, hay quien ya ha empezado a atribuirle ciertas dotes chamánicas. De Pitágoras se ponderaba mucho su bilocación, la capacidad de estar en dos sitios al mismo tiempo. Malescriben los de las redes sociales que Rajoy ha sido visto y abucheado el mismo día y a la misma hora en Galicia, Andalucía y Madrid, y se me antoja que, a lo mejor, lo ha sido por los borrokas estalinistas de ese Gordillo que quiere ser como Gandhi asaltando un supermercado por aquí, okupando una oficina bancaria por allá y, de paso,  alguna finquita por acullá.

Hay otras características que adornaban a Pitágoras de las que nuestro líder máximo, desgraciadamente, no puede presumir. Dicen que tenía un muslo de oro que enseñaba orgulloso a los espectadores de los juegos en Olimpia porque tal singularidad física lo emparentaba directamente con los mismísimos dioses. Pero a cambio estoy convencido de que Rajoy es un atleta del ascetismo y puede, como Pitágoras, vivir sin comer ni beber el tiempo que sea necesario.

No me cabe duda tampoco de que el chamán de esta nuestra particular historia de terror tiene habilidades proféticas y retóricas. Casi siempre da con la palabra mágica que convence y hechiza. ¿Pues no va y nos dice que todos somos seres humanos, y que ese bonito pensamiento lo reconforta ante la que nos espera a la vuelta del verano a todos los españoles?

No posee, que se sepa, destrezas curativas, pero guarda en su interior por arrobas las habilidades políticas que lo acreditan para liderar grupos humanos como quien lava. Él siempre consigue la concordia y la amistad de modo casi milagroso, tal que por boca de su ministro del interior ha hecho con nuestras víctimas del terrorismo -decididas nada más escucharle a iniciar huelga de hambre indefinida-, mientras le resbalaban gotas de sudor por el rostro abotagado y se le detectaban a simple vista visajes de contrariedad y enojo.

Conviene que el comunicador evite regañar a su audiencia. Y a ese tal ministro Fernández se le adivina el vicio de reprendernos al viejo estilo. Las ruedas de prensa no son púlpitos para viejos predicadores. Si las ruedas de prensa cumplen antes función desfogadora que informadora se diluyen en el vacío.  Y si su ministro se ve incapaz de controlar ese primer impulso, que parece venirle como arcada, de predicar en el desierto engullendo buen número de sílabas por el camino, humildemente le sugeriría que limitase sus comparecencias públicas o las preparara con creciente meticulosidad. Más que nada porque es el líder máximo quien, al fin y al cabo, nos habla por esa boquita.

Sí sé que hay algo que nada le preocupa a nuestro taumaturgo de la crisis económica: menosprecia la muerte que no es, visto lo visto, tan distinta de la vida de perros que estamos llevando de un tiempo a esta parte. Estas son algunas de las características de los más carismáticos. Y cada día que pasa de este bochornoso verano, estoy más y más seguro de que al timón de esta nave zozobrante llamada España tiene que estar más que un hombre, tiene que estar un hombre divino.

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Una respuesta a Rajoy y Pitágoras

  1. gerardesca dijo:

    Una buena interpretación de la insondable endeblez del gonernante

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