La imagen y la mirada

Todas las religiones comparten los mismos mitos y todos los que hacen profesión de fe en una religión asumen como propias supersticiones que se han ido transfiriendo de una fe religiosa a otra, amoldándose a las nuevas creencias en que iban reposando las supersticiones y los mitos. Archiconocida es la mutación de Isis en la Virgen cristiana. A ese proceso se le ha llamado sincretismo. Jung descubrió un nivel más profundo que el inconsciente personal, que era colectivo y se nutría de mitos y supersticiones. De ahí la existencia de los arquetipos que, para Jung, tienen personalidad propia y se manifiestan como imágenes simples pero también como estructuras más complejas que son las que componen los motivos recurrentes de toda mitología. Los mitos son las verdaderas historias del alma.

Dice Mircea Eliade que las imágenes, como los mitos y los símbolos, responden a una necesidad y cumplen la función de dejar al desnudo las modalidades más secretas del ser. Y remacha que el hombre más realista vive de imágenes. La clave reside en la fusión de imagen y arquetipo. David Freedberg escribe que, en muchos casos, la imagen cobra vida porque la persona que la contempla quiere que así sea. De manera que, al hilo de esta idea, la intencionalidad justifica plenamente una “psicología del comportamiento” ante las imágenes.

He querido que en el frontispicio de mi blog se puedan admirar algunos canecillos obscenos de la iglesia románica de San Pedro de Tejada en Burgos, en cuyo centro aparece ese peregrino dolorosamente amputado en lo que más quiere. Hay quien opina que estas figuras rústicas exhibiendo impúdicas sus genitales, forman parte de un calendario alegórico que alude al frío del invierno. En Cantabria, Burgos y Palencia, es decir, en amplias zonas por las que atraviesa el Camino de Santiago, se pueden encontrar muchos ejemplos de este peculiar arte sacro desarrollado durante los siglos XI y XII.

¿Iconografía anti-islámica? Eso opinan algunos autores como el chileno Claudio Lange. Escribe que hay figuras que enseñan el ano por hacer burla de un supuesto culto islámico de la sodomía, y otras imágenes megafálicas para referirse, en no menor son de burla, a los musulmanes a quienes en el paraíso les crece desmesuradamente el miembro viril con el fin de gozar de las huríes. Son, por lo tanto, figuras que cumplen una función propagandística al servicio de la Guerra Santa.

Hay otras teorías: la que propugna el fundamento teológico del placer sexual; la más tradicional, que se limita a dejar constancia de una serie temática representando aspectos pecaminosos y reprobables en la sociedad cristiana medieval; la teoría demográfica que afirma que, dada la altísima mortalidad que se producía en aquellos tiempos convulsos y la necesidad de repoblar nuevos territorios, el poder civil y la Iglesia se vieron obligados a incitar a la procreación mediante la representación en los lugares de culto del acto sexual; o la que se limita a constatar una naturalidad sexual ignorante del concepto del pecado en la moral cotidiana de una población que todavía mantenía tradiciones paganas como los primitivos cultos a la fertilidad.

En nuestra actual iconografía existen imágenes que conservan un pronunciado carácter obsceno. Ese chándal bosco, tan rojo y tan amarillo, con el nombre de España escrito en tamaño legible hasta para los secesionistas más estúpidamente ofuscados no es una de ellas.

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