Lingua ignota

Santa Hildegarda se inventó un idioma llamado lingua ignota con su alfabeto y todo, las letterae ignotae. Se da por supuesto que la abadesa de Bingen tuvo una revelación divina y apareció con un directorio de 1011 palabras y 23 letras, más que suficiente para expresar la esencia de las cosas y recuperar la lengua del conocimiento puro que hablaba Adán antes de su caída en desgracia. Se trata, a grandes rasgos, de un Latín al que se le sustituyó el vocabulario por el que ideó la santa. Claro que si resulta cierta la Gramática Universal de Chomsky de la que vienen a descender todas las gramáticas generativas de cada lengua, la lingua ignota de Hildegarda muy bien pudo anteceder a la confusio linguarum que se produjo en Babel. Al mago, astrólogo y alquimista John Dee fue el arcángel Gabriel el que le reveló la existencia de una lengua santa. Y luego está la cábala hermética que, al decir de algunos, fue conocida por Jesús y sus Apóstoles y ampliamente utilizada en la Edad Media por filósofos, sabios, literatos y diplomáticos.

Umberto Eco recoge la teoría de que monogénesis biológica y monogénesis lingüística irían indisolublemente unidas, de tal manera que el hombre y el lenguaje aparecieron una sola vez sobre la Tierra y luego se esparcieron al unísono.

Pinker nos recuerda que la mente es un sistema complejo compuesto de muchas partes que interactúan: “la mente es modular, con muchas partes que cooperan para generar un pensamiento hilvanado o una acción organizada”. Para la antropología lingüística el lenguaje es la herramienta intelectual más poderosa que el hombre haya creado jamás porque, entre otras muchas funciones, encierra la capacidad de reflejar el mundo.

No sé si a la santa Hildegarda le llegó la inspiración del mismísimo cielo, pero bien sabido es que el proceso mediante el que se intenta imponer el uso de una lengua en detrimento de otra, lo carga el diablo. A eso lo llaman normalización como si lo más normal consistiera en hacer comprender a la ignorante masa que su normalidad secular es, en realidad, una anormalidad impuesta secularmente por la fuerza.

Ya se sabe que, como escribe Laínz, el nacionalista no quiere razonar, el nacionalismo no se discute. El nacionalismo es una emoción. Y punto. Nada de mensajes racionales. Los nacionalistas se aferran a la lengua cuando en la historia no encuentran la más pequeña excusa para la secesión.

En lingua ignota ha venido a inculparse el político español Carromero de las muertes de Payá y Cepero en Cuba: prohibido utilizar, ha dicho, un “accidente en tránsito” (sic) con fines políticos. Libertad ¿para qué?

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