La mala reputación

 

Vuelven a darnos la matraca con la marca España. Cuando Franco España se disfrazaba de folklórica con bata de cola, peineta y castañuelas, una especie de logotipo de gitanes que venía a ponerse en el ganchillo de la abuela encima del televisor junto a la  muñeca legionaria y el toro en tercio de banderillas. La imagen de marca de España era la que salía de información y turismo.

Luego vino el carajal del 92. Con el dinero de todos, se rehízo Sevilla con ave y se levantó otra Barcelona sin ave; a Madrid le quedaron esas migajas de la capitalidad cultural de lo que recuerdo un palacete en Zurbano y una revista bilingüe que quería ser baedeker y se quedó en lujoso díptico de fiesta patronal con cedés de música de regalo. El 92 dio para  mucho: Barcelona y Sevilla levantaron sendos parques tecnológicos que apenas si fueron capaces de atraer inversión extranjera; se empezó a promocionar la moda y se fomentó la creación de escuelas de diseño; a alguna lumbrera socialista se le ocurrió llamar Turespaña a Inprotur, esplendente denominación para hacer más o menos lo mismo, a saber, enviar a los guiris muchas y variadas guías turísticas para que nos visitaran en nuestros veranos chancleteros.

Más tarde en el mundo empresarial se empezó a hablar de reputación corporativa como un intangible capaz de crear valor en las compañías. Bien mirado era un invento del tebeo: si trabajas bien y eres capaz de comunicarlo bien, los grupos de interés tendrán una buena opinión de tu empresa. La reputación persigue modificar las percepciones y los juicios de los antedichos grupos de interés para provocar comportamientos favorables que generen valor empresarial. De una buena reputación depende una marca corporativa fuerte; la marca corporativa depende de la alta dirección y afecta a toda la compañía.

Hace cuatro años el Instituto de Análisis de Intangibles publicaba un estudio titulado “La reputación de España en el mundo”. Esa nuestra reputación se midió en 21 países a cuyos habitantes se les preguntó su opinión sobre nuestros atractivos, que si belleza natural, que si cultura, que si potencial de crecimiento, que si eficacia gubernamental, que si riesgo económico… Resultado: cuartos de dieciséis participantes. Nos ganaron Suiza, Canadá e Italia. Los últimos de los últimos USA, Rusia y China. No sacamos un diez en ningún apartado pero tampoco descendimos del notable. Diploma olímpico. Ahí es nada.

Eso duró lo que duró. Hoy nuestra imagen de marca está hecha añicos después de caerse con estrépito del nuevo televisor, tan fino como es que ya no sostiene ni el ganchillo de la abuela. Y aquí estamos. A la espera del rescate total, del que no nos va a salvar ni el pan ni la caridad, por mucho que el Líder máximo prometa nuevos recortes aunque por supuesto sin tocar coches, iphones, ipads, cotizaciones, subvenciones, televisiones, diputaciones, en fin, toda esa mamandurria política de la que habla nuestra  thatcher. Y, cuando nos intervengan del todo, desentonarán la justificación: haga lo que haga es igual todo lo consideran mal. Para que luego digan.

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Una respuesta a La mala reputación

  1. Javi dijo:

    La reputación de España quedó ya hace mucho en evidencia. Con lo de Gibraltar demostramos que se nos puede tomar el pelo y desde entonces nos toman por el pito del sereno. Y aunque parezca mentira, hoy en día la confíanza sigue mermando. Quién nos ha visto y quién nos ve.

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