De la previsibilidad un 25 de julio

Por casi todos es sabido que algunos efectos colaterales de la Revolución francesa afectaron a Koenigsberg, la apacible localidad que vio nacer, crecer y morir a Immanuel Kant. Cuéntase que el filósofo era de hábitos tan previsibles que las amas de casa de la ciudad trajinaban en la cocina acomodando los tiempos de cada receta a su paso invariable. Pero un día de 1789, Kant, ansioso por conocer las nuevas que llegaban de París, adelantó unos minutos el comienzo de su paseo matinal para salir así al paso de la diligencia que traía las Gacetas con las últimas noticias. El resultado fue desastroso: en las cocinas de Koenigsberg el pan se endureció y se carbonizaron los asados. Y estalló una pequeña revolución en cada hogar.

Nuestro líder máximo, cuando aún no era nuestro líder máximo, alardeó de previsibilidad al modo kantiano después de que una enteca figura del gobierno socialista con mando económico, quiso hacer chanza de sus más que pronosticables ideas. En respuesta, el líder que todavía no era líder, nos aseguró a todos los españoles que con él al mando económico ni se nos endurecerían los panes ni se nos quemarían los asados.

Dicen que el mentiroso se siente menos culpable cuando los destinatarios de sus embustes son impersonales o anónimos. En el día de ayer, quien fuera gobernador del Banco de España, al que el abuso periodístico del acrónimo ha convertido en MAFO, sin mirar a la cara de los españoles leyó balbuceante unos infolios de prosa balbuceante. Y, esquivando sus indudables responsabilidades, se llamó antana o andana.

El mentiroso gesticula poco. Seguramente se trata de una actitud instintiva con el fin de evitar que los movimientos de las manos no se correspondan con las palabras: por ejemplo, si alguien asegura que no ha tenido arte ni parte en el derrumbe del sistema financiero pero vemos que los movimientos de sus manos son débiles y algo temblorosos, podemos aventurar que está mintiendo.

Hay otros movimientos que delatan la mentira como tocarse la cara de vez en cuando, llevando una o ambas manos a la boca, para pasar luego a acariciarse la nariz, frotarse la mejilla, rascarse la ceja, etc. El hecho de que alguien retuerza el cuerpo mientras hace una declaración es, asimismo, indicio de que miente. En este caso el cuerpo parece querer escaparse del lugar o del asiento en que está confinado.

El mentiroso experto consigue reducir el número de movimientos delatores pero no puede evitarlos por completo. Así que si vemos que, enfrentado a una pregunta difícil, el interpelado antes de responder se toca la nariz, se retuerce ligeramente, traslada su peso corporal de una pierna a otra, etc., pongamos especial atención a lo que diga pues si lo que dice es que la culpa de nuestra ruina hay que achacarla al gobierno que más prosperidad creó, seguramente nos estará mintiendo.

Hoy 25 de julio, en la fiesta de Santiago Matamoros patrón de España, los españoles nos hemos desayunado con las tostadas más calcinadas que los desprotegidos montes de Gerona.

 

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