ECM

Hacia 1975 a un médico llamado Raymond Moody se le ocurrió publicar en un libro lo que dieron en contarle algunos pacientes que se habían dado un garbeo por el más allá. Lo tituló Vida después de la vida y no tardó demasiado en convertirse en uno de los libros más vendidos en todo el mundo. Años más tarde Pim Van Lommel, cardiólogo holandés, empezó a curiosear entre los pacientes que, tras sufrir una parada cardíaca, aseguraban haber tenido una ECM, acrónimo de Experiencia Cercana a la Muerte. ¿En qué consiste la ECM? En resumidas cuentas, los pacientes reviven todos y cada uno de los detalles de su vida pasada, para ellos el tiempo y el espacio son irrelevantes, y su mente parece que lo contiene todo a la vez en una dimensión atemporal y alocal. Van Lommel se aplicó en comparar la ECM con la física cuántica en que se produce una interrelación semejante denominada entrelazamiento y una conexión denominada “no localidad”.

A Van Lommel lo que más le intrigaba era lo que la ECM parecía aportar a sus pacientes: compasión, amor incondicional, aceptación de uno mismo, intuición agudizada, sentimiento de conexión con los demás y con la naturaleza, desaparición, en fin, del miedo a la muerte. Concluyó que seguramente poseemos una conciencia infinita que precede a nuestro nacimiento y sobrevive a nuestra muerte, independientemente del cuerpo y en un espacio no local en el que ambos –tiempo y espacio- son irrelevantes.

Ayer los españoles tuvimos una ECM: la prima de riesgo y el IBEX llevaron a nuestro país al límite. El líder máximo era la imagen misma de la desolación cuando, en tono menor, mentaba la soga de las lesiones en la casa de los deportistas y, más que a los Juegos Olímpicos, parecía enviarlos a pelear contra Draghi, Merkel, o vaya usted a saber contra qué otros molinos porque la situación “está bien jodida y no podemos financiarnos mucho tiempo así”.

Y mientras tanto, muchos españoles tuvimos la sensación de experimentar un recurrente déjà vu de los tiempos de la imperecedera transición: revivimos la agonía del franquismo cuando fracasó la tímida apertura de Arias Navarro y la oposición al régimen intentaba organizarse animada por la revolución de los claveles portuguesa; se nos apareció Don Juan exclamando que él no había renunciado a la Corona; asistimos al nacimiento del bunker en torno a Girón y Blas Piñar; contemplamos los fusilamientos de septiembre de tres terroristas del FRAP y dos de ETA; anduvimos por Vitoria y Montejurra; fuímos testigos de los asesinatos de Atocha; ridiculizamos la elección de Suárez, qué error, qué inmenso error; presenciamos la aparición del repugnante GRAPO; no pudimos votar la Constitución; cenamos con la sopa de letras de las mil y una siglas de los mil y un partidos políticos; nos ilusionamos con los Pactos de la Moncloa y nos encabronamos con los constantes y cobardes asesinatos de ETA; nos acojonó el golpe de Estado… Todo lo volvimos a vivir, sin tiempo ni espacio, como en una película del cinexin de entonces, de cuando éramos casi niños y España parecía estar al borde del abismo un día y otro día y otro día y otro día. Al cabo, cuántas veces nos despedimos de la casi nonata democracia.

Para acabar el guateque el ministro De Guindos comparecía ante la Comisión de Economía del Congreso con la intención de explicar las condiciones del memorándum del último Consejo Europeo y allí repitió una vez más que el “Gobierno español ha hecho lo que tiene que hacer, todo lo que son las bases del crecimiento económico y del saneamiento de la economía española”. A la salida un gentío de periodistas le cerró el paso. Y el ministro, cara desencajada y rictus de cansancio, se enfrentó a ellos.

Pensé en la mejor manera de que un portavoz salga bien parado de estas ruedas de prensa improvisadas:

    -Si le dan la oportunidad procure no responder sin estar preparado: posponga cualquier declaración.

    -Evite muecas que denoten sorpresa, incertidumbre o molestia, gestos de nerviosismo o brusquedades. La imagen de autocontrol y seguridad aumenta la credibilidad.

    -Si contesta, procure mantener el control: organice, en lo posible, la comparecencia (lugar, turno de preguntas, tiempo disponible…)

    -Una vez transmitido el mensaje, ponga fin a la comparecencia.

    -Si se repite una pregunta, es preferible contestar: puede que se esté recogiendo para radio o TV, o bien que sea un tema de interés para el periodista.

    -Controle todo lo que pueda. Difunda las malas noticias antes de que lo haga un periodista.

    -Considere el interés público en cada decisión que adopte. Su reputación depende mucho más de lo que hace que de lo que dice. Actúe coherentemente. No sea negativo.

De esta ECM, algunos españoles resurgimos aceptándonos como somos, y volvimos a querer incondicionalmente al país en donde vivimos; nos sentimos muy cerca de los millones de parados y conseguimos perder para siempre el miedo al fracaso que de manera tan dañina nos atenazaba. Hubo otros españoles que llamaron sin rebozo al odio, pero esos no interesan demasiado y, además, su ECM los ha acercado peligrosamente al mundo oscuro de las tinieblas inferiores.

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