La cojera de Goebbels

Recuerda Victor Klemperer en sus famosos diarios que lo más detestable para cualquier nazi, lo que debía aborrecer por puro instinto de supervivencia, era el pensamiento sistemático al modo kantiano. Quien piensa, anota Klemperer, no quiere ser persuadido, sino convencido; y quien piensa sistemáticamente, es doblemente difícil de convencer. Los nazis primero matonearon y luego mataron. La figura de Goebbels no era la más adecuada para ilustrar su propaganda: cojo, enano y cursi no lo tenía fácil ni para persuadir ni para convencer a un solo kantiano. Por eso los nazis no poseían un sistema, sino una organización. Estaban convencidos de que el destino de la raza aria era dominar el mundo. Y  a eso se aplicaron con deleite. No lo consiguieron, claro, pero en el camino quedaron cincuenta millones de muertos, una insignificancia a cambio de poder escuchar embelesados a Wagner secundum legis.

Así que, como apuntaba J.A.C. Brown, perfeccionaron cuanto pudieron las técnicas que, desde siempre, había empleado la propaganda: uso de estereotipos; substitución de términos neutrales por otros con fuerte carga emocional; escrupulosa selección de los hechos que se van a comunicar; mentiras descaradas; repetición de las “ideas” hasta que sean aceptadas por el público; apelación sentimental mientras se señala al enemigo canalizando la agresividad de la gente lo que, de paso, fortalece al grupo; alusión  constante a la autoridad en abstracto.

Stalin era alimaña diferente y no necesitaba la propaganda del cojo. Stalin, escribe Martin Amis, contaba con armas con las que Hitler no podía ni soñar: “tenía el frío abrasador del Ártico […] Tenía la oscuridad […] la crudelísima e implacable autoexclusión del planeta […] Tenía el espacio […] inmenso imperio de once zonas horarias, las distancias que extremaban el confinamiento y el aislamiento […] Y lo más importante […] tenía tiempo”.

Clampitt asevera que la mera emisión de mensajes no implica necesariamente la persuasión de los receptores, sino que persuadir es un proceso que contiene en sí mismo diferentes acciones comunicacionales. La máxima tan repetida de que la información es poder no deja de ser un mito que obstaculiza la efectividad de la comunicación: irónicamente “lo que sabemos” sustituye a “lo que sabemos nos tiene que ayudar a conseguir nuestros objetivos”. Decía el patriarca de los Kennedy que con la suficiente cantidad de información privilegiada y crédito ilimitado, uno se arruina con toda seguridad. Olisqueo que algo parecido nos ha sucedido a los españoles. Ahora que ya tenemos información, privilegiada o no, de cómo se las gastaba y de cómo administró nuestra cosa pública el inefable correcaminos aficionado a la media distancia —incomprensible si no aceptamos que en su pensamiento nuestro inagotable flujo de crédito no aceptaba otra comparanza que las caídas de agua perpetuas en el Iguazú-, empezamos a entender por qué estamos inmersos en esta sobrecogedora ruina. Y lo peor es que, al parecer, hoy ya hemos tirado la toalla.

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