El diluvio

Dicen que, cuando comenzó el Diluvio, los hombres ya se dedicaban a la agricultura y se miraban unos a otros y exclamaban ¡qué buen año vamos a tener! Y cuando la lluvia dio en ser más pertinaz aún que nuestra secular sequía, se consolaron pensando que la ciencia meteorológica es caprichosa y tiene esas cosas. A Rafael Gambra le parecían normales ambas actitudes pues lo natural en el ser humano es el optimismo, aunque no pierda nunca la capacidad de percatarse de los grandes acontecimientos, convulsiones o calamidades que influyen en su tiempo histórico.

A nosotros, que nos está cayendo encima otro diluvio, Montoro nos sorprende, seis días después de instaurado peaje funcionarial por horas en la Castellana, con la nueva de que unos 15.000 casi mileuristas de la cosa pública no se quedan sin aguinaldo y tendrán posibles para comprarse turrón (aunque hay ya quien no pone la mano en el fuego porque Montoro y el resto del gobierno lleguen a comérselo). Veamos. Si yo fuera gobierno y tuviera la oportunidad de incluir un mensaje cuyo contenido reduzca, aun si fuera en mínimas proporciones, el acíbar de la mala noticia, no dudaría en hacerlo en su debido contexto. Montoro no solamente no lo hizo así sino que culpó a los holgazanes periodistas de: a) no haberse leído el BOE entero hasta dar con la frasecita de marras; b) mostrarse incapaces de extraer la frasecita de marras de la pedregosa prosa boletinesca; y c) no publicar la frasecita de marras extraída de la pedregosa prosa boletinesca en portada y a cinco columnas en su momento adecuado.

Sabemos que la comunicación de crisis, como atinadamente expusieron Greenbaum y White, plantea los mismos problemas que un dolor de cabeza: si se ignora el conjunto inicial de síntomas las palpitaciones de las sienes se acentuarán. Y por lo visto, las palpitaciones de la sienes gubernamentales se han desbocado. Tengo pensado y escrito que si una organización se preocupa por aumentar el conocimiento público de sus quehaceres, crecerán las posibilidades de amortiguar la contundencia de un posible ataque. Pero está muy extendida la errónea sensación de que el periodista es un coleguilla o, si no, lo tenemos en nómina. El periodista solo debe ser amigo de su trabajo, que no del trabajo del gobierno. El periodista labora acuciado por las limitaciones de tiempo y espacio, y los responsables de comunicación del gobierno tienen que entender que en la comunicación durante situaciones críticas es la propia organización que sufre la crisis la que debe convertirse en principal fuente informativa para los medios y otros públicos.

Leo que hay que ser moderadamente modesto. “El que disfruta de un éxito inmenso y visible para todos […] debe esforzarse al máximo para que los demás lo sobrevaloren, no para que lo subestimen […] Al triunfador le conviene irradiar un aura de misterio. Esto mantiene a los oponentes a una distancia segura”. No es el caso de nuestro líder máximo que anda cabizbajo y demacrado repitiendo como poseído ese no hay alternativa, latiguillo que no parece convencer ni poco ni mucho a los súbditos de los súbditos. Y aunque la haya, que sí la hay, piensan los españoles que se han sentido maltratados y peor informados.

Eso que llaman la presión social combinada con esotro que llaman presión de los mercados ha conseguido que nuestro gobierno se muestre huidizo y públicamente avergonzado de las medidas que le están obligando a adoptar.  Sabemos desde hace tiempo que la comunicación de crisis existe porque cumple unas funciones muy determinadas. Entre otras:

1. Informar, para que la gente comprenda los riesgos y los beneficios asociados a determinada actividad o decisión política.

2. Responder, porque la gente tiene derecho a saber.

3. Modificar actitudes, aunque sólo si somos capaces de explicar por qué se decide lo que se decide.

4. Legitimar y ganar credibilidad.

El público confía únicamente en la competencia y el rigor profesional, en la objetividad de los mensajes, en la sinceridad del político y en la consistencia argumental de la historia, y no tiene otra forma de depositar su fe en la buena voluntad de los políticos.

Ya que los bienes más sólidos suelen aparecer tras largos y esforzados procesos y las desgracias sobrevienen de improviso, pierda el tiempo nuestro líder máximo en hacer lo que no ha querido hacer hasta ahora: explíquenos in extenso por qué hemos llegado hasta dónde hemos llegado, señale y nombre a los culpables, justifique sus decisiones una por una, y haga algún gesto que reconcilie a la gente con sus representantes que, no lo olviden ciertos sindicalistas, han sido legítimamente elegidos por todos nosotros (páguense ustedes el ipad y el iphone, renuncien a algunas de sus prebendas económicas y, si fuera posible, reduzcan el número de coches oficiales, almas de cántaro)

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