Liderazgo

La RAE define liderazgo perezosa: 1. condición de líder; 2. ejercicio de sus actividades. Y ya. Hay que echar mano de manuales del estilo por qué coño te has llevado mi queso para enterarnos de que el liderazgo es un arte, a mayor abundamiento “el arte de influir sobre la gente para que trabaje con entusiasmo en la consecución de objetivos en pro del bien común”. La ética protestante del muy ético y protestante Max Weber ya nos aclaró que el liderazgo descansa sobre la autoridad, que si lo hiciera sobre el poder alguien podría sentirse coaccionado para cumplir, aunque no quiera, con la santa o pecadora voluntad del líder. Ah! la auctoritas, ese remedo de la preparación y el conocimiento sustentado en la ostentosa ostentación de una canonjía, un cargo de confianza de los de libre designación, un escaño de los gordos o un escañito de los otros. Es la democracia, estúpidos. Paráfrasis del socorrido Churchill: el mejor argumento en contra de la democracia es una conversación de cinco minutos con el político medio.

A Eisenhower pocos votantes lo consideraban una lumbrera; para que pudiera vencer a un profesor llamado Stevenson -su oponente demócrata en las elecciones del 52-, los asesores del general idearon un plan que era maquiavélico por la trampa que ocultaba. Crearon una campaña bautizada “Pregunta a Mr. Brujo”, años antes por cierto de que aquí Luis Aguilé et alii empezaran a cantar al brujito de Gulubú y su mágica vacunaluna lunalú. A  lo que íbamos: la campaña consistió en reunir a una muchedumbre en el Radio City Music Hall de Nueva York; allí se entregaron a algunos de los asistentes tarjetas con preguntas sobre enrevesados asuntos nacionales que tenían que leer puestos en pie y mirando fijamente a cámara con el fin de convencer a la audiencia de que allí se encontraba el viejo Ike en persona. Días más tarde grababan a Eisenhower recitando las respuestas, preparadas de antemano, a las preguntas que le habían formulado. Y muy poca gente se enteró de la superchería.

Pero el líder ¿nace o se hace? Pues según. El líder también se construye, se moldea. El líder político, para serlo, tiene que erigirse en el golem bueno de los cada vez más escasos ghetos en donde todavía pervive la democracia. Y también debe presentar ciertas cualidades y características que son las propias de su condición:

1. Dedicación: compromiso con la supervivencia y la prosperidad de la nación.

2. Pasión: deseo de anteponer las metas de la nación a cualquier otro interés.

3. Credibilidad: coherencia de acciones y palabras; honestidad; disposición a realizar los cambios necesarios; capacidad de admitir errores y defectos.

4. Aptitud para establecer y comunicar un plan estratégico claro y realista.

5. Flexibilidad: adaptación a nuevas situaciones.

6. Aptitud para formar y motivar un equipo.

7. Tenacidad y coraje.

Hay otras características atribuibles al líder que, como la valentía en la soldadesca, se le suponen: paciencia, humildad, respeto, generosidad, honradez…

Nuestro líder máximo ha sido elegido por mayoría, abrumadora adjetivan los nada proclives a clausurar las frases tan de golpe y porrazo. Y seis meses después de entronizado cabría preguntarse cómo está ejerciendo el arte del liderazgo. Hay quien ya se ha contestado antes de darse a la bebida para olvidar lo que nos está pasando. Yo sigo viendo encarnadas en nuestro líder máximo muchas de las bondades que he enumerado. Hombre, confieso que me cuesta trabajo asociar a su persona las cualidades números dos, tres, cuatro, y acaso cinco y seis. Con todo, no es que haya caído en la insoportable levedad del inefable corredor de media maratón que nos malgobernó durante demasiado tiempo, no, pero ha empezado ya a salir de los sitios fingiendo que lo hace con la cabeza muy alta aunque sea por la puerta de servicio y a deshora.

Porque lo que nos está pasando es que nuestros líderes intentan convencernos de que no son ovejas sino los ejércitos de Pentapolín y de Alifanfarón. Y la realidad es que, en  mi muy modesta opinión, no es eso, no es eso. Lo que nos está pasando es otra contracción de ese lentísimo y dolorosísimo parto que alumbrará  esotro  que, tal vez, algún día podamos volver llamar nación soberana, independiente y patria indivisible y común de todos los españoles.

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