El Estado Total

Las malas noticias se deben dar, si es posible, en un lugar privado, extremando la cortesía y la amabilidad, escogiendo con sumo cuidado las palabras que se van a pronunciar, procurando acentuar la vertiente empática de la personalidad y aceptando que hay muchas probabilidades de que el receptor de la mala noticia reaccione negativamente. En otros tiempos menos pejigueros al heraldo de la mala noticia se le cortaba la cabeza, pero hasta hoy no se sabía que había que aplaudirlo. Escribe Angel López García que la vida se basa en información y donde hay información hay signos y que, como el código genético tiene forma de código semiótico, el proceso semiótico que se da en el lenguaje humano se puede observar en conductas animales tales como los chillidos de los monos vervet.

Cuando Carl Schmitt acuñó el concepto de Estado Total, der totale Staat, Hitler manifestó su agrado y sentenció que la fórmula ignora toda diferencia entre Derecho y moral. Tampoco le importó demasiado que Schmitt proclamara la inocencia de un enunciado que se le había ocurrido tras un somero análisis de la realidad y que carecía de interés ideológico. Por supuesto, añadió el autor, no estaba orientada de forma fascista. Y por supuesto a Goebbels, este constructo anómico y sin ideología y su derivación lingüística de pedigrí mussoliniano –totalitario-, le vino de perlas.

Que Colonia, ciudad renana con más de un millón de habitantes, no tenga aeropuerto propio y nuestra inmortal León, con poco más de cien mil, luzca flamante aeródromo inaugurado, pompa y circunstancia, por el inefable Hermes hispano de los pies alados (no confundir con el tres veces grande), es uno de los muchos frutos con que nos ha regalado nuestro Estado Total, el que no se toca.

Ayer supimos lo que ya sabíamos, a saber, que la soberanía nacional ha tocado suelo y que se hizo lo que nos ordenaban, porque además era lo único que podíamos hacer. “Los españoles no podemos elegir, no tenemos esa libertad”. Para endulzar la cicuta, nuestro presidente nos prometió recuperar el paraíso perdido al final de tan arduo camino por mucho que algunos zocatos cerrados se lo hayan tomado a la tremenda. Luego asistimos a lo que fue, según leí en el blog mejor escrito en lengua española, la ‘mascletá’ sindical: el natural ayuntamiento síndico-indignado que se expresa tal y como les han enseñado, si esto no se arregla, guerra, guerra, guerra.

Y al final, ¿en qué ha quedado todo? En un IVA que nos sitúa por encima de los más grandes; funcionarios sin aguinaldo; menos concejales y nos sale más caro el pitillito de media mañana y el de sobremesa; ya no deduce la compra de la casa; impuestos, impuestos, impuestos. Minucias.

Pero nuestro Estado Total se mantiene incólume. Que nadie toque, ni tan siquiera roce, los pilares de nuestras diecisiete tierras bravías. Sólo Cospedal se ha atrevido a podar las frondosas ramas del secuoya socialista a cuyo arrimo se estaba tan a gustito. Y preparémonos para soportar los chillidos de los monos de vervet que aún están por venir.

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