Ojalateros

A fuerza de decir que hay que reformar lo que hay que reformar y no hacer nada, nos estamos convirtiendo los españoles en ojalateros. En las guerras civiles del XIX se llamó ojalateros a quienes se limitaban a expresar el deseo de que ganara uno de los bandos exclamando “ojalá” cuando se terciaba, pero sin mover un dedo para que tal cosa sucediera. Dicen que a Draghi, ese canónigo del Banco Central Europeo al que cualquier día un fontanero guindará el Codex Calixtinus que abre las cajas del dinero cerradas a cal y canto, le han tocado la patata las lágrimas del pobrecito Balotelli tras la derrota italiana en la final de la Eurocopa de fútbol. Y lo peor es que esos lagrimones los han provocado los españoles que, como todo el mundo sabe, no han dejado nunca de ser hidalgos pobres y muy vagos a los que les cuesta horrores echar una firmita en el documento de las reformas de marras.

Hay quien ha estudiado en profundidad el campo minado en que se ha convertido el habla de los políticos. En una entrada anterior reflexioné, sin meterme en honduras, sobre lo ridículo que resultan expresiones parvularias como la de “hacer los deberes” en boca de talludos personajes. Hay muchas más, claro está: lugares comunes, latiguillos que usados por nuestros políticos terminan por provocar -al menos conmigo lo consiguen-, una intensa reacción emocional de rechazo que no me cabe duda podría tacharse de visceral. No quiero entrar, por si las moscas, en el irritante lenguaje políticamente correcto de “los vascos y las vascas”, “españoles y españolas”, “trabajadores y trabajadoras”, etc., pero pongo el acento en la manoseada expresión “como no podía ser de otra manera” coda de toda frase, oración, ocurrencia o idea, y que me da en la nariz es patrimonio lingüístico de todas las ideologías.

Sin embargo sorprende aún más comprobar que, para un político profesional, lo que diga y haga hoy puede ser exactamente lo contrario de lo que diga y haga mañana. Reconozco que se me ha quedado el cuerpo raro después de escuchar al ministro Montoro pontificar en torno a lo dañino que resulta para la economía subir los impuestos directos (léase IRPF) y lo beneficioso que para esa misma economía podría llegar a ser subir los indirectos (léase IVA), aunque, en cualquier caso, la culpa siempre la tenga esa gente maleducada que pregunta ¿con IVA o sin IVA? y prefiere, si puede, no pagarlos. Razonamiento que expresa, punto más o menos, lo contrario de lo que pensó e hizo hace no más de tres meses. Esto es lo que se llama “hacer política”, idiotismo que vino a sustituir a la ya arcaizante expresión “practicar la política”, más propia de nuestros antepasados. Pero lo importante, digo yo, es conseguir escapar de este territorio ignoto, más allá de la ruina, a que nos condujo el inefable correcaminos que no dejaba huella. Ojalá lo consigamos.

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