Las negociaciones del señor presidente

La cumbre de la Unión Europea dejó en un primer momento al pueblo soberano, una dulce sensación que vino a durar lo que la pobre Sara Carbonero en manos de la alta progresía. Un suspiro tan leve y tan breve que no nos dio tiempo ni a mojar la puntita de la lengua, que era todo lo que nos permitían catar nuestros mayores de esas copas de chinchón que se solían trasegar tras abundante pitanza. Así que me ha dado por preguntarme ¿cómo negoció nuestro señor presidente?

Comencemos por donde se debe comenzar: el principio. La negociación es un proceso que implica a dos partes cada una de las cuales posee algo que a la otra le interesa. Solo finaliza tras producirse el intercambio como colofón a un regateo intenso. El poder intrínseco de la negociación estriba en la capacidad de persuadir a la otra parte de que sea ella la que se desvíe de su posición original y acabe cediendo para alcanzar un acuerdo satisfactorio para todos. Bien, lo que España poseía cuando acudió a la cumbre europea era, sin entrar en otros detalles que a lo peor hasta rozan lo escatológico, un agujero en nuestro sistema financiero, achacable fundamentalmente a las Cajas de Ahorro, cuantificable en más de 60.000 millones de euros. La otra parte, Europa, tenía el dinero necesario para coser el descosido.

Pero una buena negociación depende siempre de una comunicación eficaz. El negociador tiene forzosamente que ser buen comunicador capaz de escuchar y descodificar correctamente los mensajes verbales y gestuales emitidos por la contraparte. Mucho me temo que fue en este punto cuando empezamos a perder pie. Nuestro presidente no quería que, lo que tanto insistió en que no se trataba de rescate sino de ayuda, tuviera al Estado como avalista ni tampoco que el acreedor adquiriera consideración de preferente. Por eso nos dijo que la Unión Europea aceptaba sin rechistar estas condiciones. Y pelillos a la mar con aquello de que ni Finlandia ni Holanda quisieran mojar la puntita de sus lenguas en nuestra copa de chinchón.

Como toda negociación está sometida a fuertes tensiones psicológicas y la flexibilidad es su aspecto más determinante, caigo ahora en la tentación de atribuir la fulminante mutación de lo blanco a lo negro a esas terribles tensiones psicológicas inadecuadamente resueltas. Porque ser flexible implica seguridad antes que debilidad, paciencia y no precipitación, dureza cuando conviene y amabilidad si la situación lo exige. ¿Tuvo todo eso nuestro presidente? Ítem más: la creatividad de un buen negociador se refleja en su habilidad para encontrar alternativas a las posiciones negociadoras de todas las partes que permitan, en momentos difíciles, desbloquear, avanzar y alcanzar acuerdos.

Nuestro presidente azuza a la Unión Europea para que, sin mayor dilación, se pongan en marcha  lo que él considera son los acuerdos que han resultado de su tan intensa como agotadora negociación. El problema es que los mercados no han creído mucho en este proceso negociador y han dado en exigir a nuestro presidente que, de una vez y por todas, aplique a la clase a la que él pertenece –la clase política- la misma dosis de amarga medicina que nos está aplicando al resto de los españoles. ¿Por qué se mantienen en pie instituciones que ya no pueden ni financiarse y que además están duplicadas o triplicadas o centuplicadas en el territorio común? ¿Y por qué de las 4.000 empresas públicas que han proliferado por todas las Comunidades Autónomas solo han desaparecido 80 hasta la fecha?

Ojalá que nuestro presidente no se haya travestido en el negociador duro que adopta las posiciones más extremas asumiendo el dicho “quien resiste gana”. Porque este tipo de negociador, al carecer de flexibilidad, termina por estropear unas relaciones que, más tarde o más temprano, hay que restablecer.

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