Bonafoux

“El que tiene una pluma en las manos, y sobre la mesa unas cuartillas que deben transformarse en pan cotidiano, y a mayor rigor de calamidades, tiene cerebro, según dicen ‘enfermo’ […] y corazón para sentir, y nervios que se engarabitan, y no ha podido ni querido prostituirse en el bajo oficio de periodista, ese tal, no tendrá más remedio que escribir lo que piensa y lo que siente y al hacerlo así, veráse fustigado […] por toda una partida de malhechores y mentecatos, refugiados en el periodismo, ancho campo de Castilla, en el que ser periodista suele significarlo todo, menos persona decente y entendida en letras…”

Quien de esta guisa se despachaba con sus conmilitones periodistas llevaba por buen nombre Luis Bonafoux y por malo La Víbora de Asnieres. Tales cosas pensaba nuestro personaje de lo que era por entonces (y mucho me temo que todavía en gran parte lo sea) el periodismo en España, oficio en cuyo desempeño sufrió persecución, injurias, intentos de linchamiento, hambre y miedo.

Luis Bonafoux era oriundo de la isla de Puerto Rico de donde hubo de salir escoltado por soldados que debían impedir que una muchedumbre, de cuyo grado de irritación podemos hacernos cargo sin excesivo esfuerzo, lo lapidara. ¿Qué pecado había cometido Bonafoux? El peor: publicar en 1879 un artículo titulado El Carnaval en las Antillas en el que reflejaba usos y costumbres de los portorriqueños en época de Carnestolendas. Escribía el indomable periodista: “Llegado el primer día, comienza en toda la ciudad un tiroteo horroroso, viniendo a ser la calle, el paseo y la plaza, otros tantos puntos intransitables. Ya no son sólo los negros los protagonistas de la fiesta; también los blancos, no queriendo ser menos, emulan sus insólitas hazañas […] Las azoteas de las casas se convierten en verdaderos baluartes; allí se hallan, en confuso y repugnante consorcio, la cáscara del ‘mamey’ y el huevo horadado y repleto de ácido úrico; el coco, que una mano experta colmó de materia fecal, y la mantequilla rancia , bien dispuesta en un papel, que ha de ser arrojado al rostro del incauto que, rompiendo el cerco, sale de su casa; sin faltar la lavativa de gigantescas proporciones, rebosando agua de jabón, mientras los que las empuñan, espían la presencia de un prójimo cualquiera a quien disparar tan inofensivos y bien olientes proyectiles…” Fue tachado de traidor, de enemigo de la Patria.

Así que se vino a España. Y tuvo la suerte de elaborar crónicas periodísticas de algunos de los más grandes acontecimientos de su época. Asistió a la causa, en su momento tremendamente popular, que se celebró contra uno de los miembros de la siniestra organización anarquista ‘La Mano Negra’, organización que no ha existido para algunos historiadores a pesar de los datos que ofrece Melchor Fernández Almagro. Pero también asistió como corresponsal nada menos que al juicio que se siguió en París contra el capitán Dreyfus, a quien siempre consideró inocente, y defendió a Zola cuando, públicamente, le increparon oficiales del ejército en el momento en que Dreyfus fue declarado culpable del cargo de alta traición, degradado y encarcelado. También se ocupó de la guerra de Filipinas o de la de Cuba. Notable fue su reacción a la destrucción del Maine en el puerto de La Habana: “A las seis de esta mañana me ha despertado el gratísimo eco de la explosión del acorazado Maine […] Los telegramas refieren que todas las autoridades de La Habana y de Madrid, así como también todo el pueblo español, dan vivas muestras de sentimiento por aquella catástrofe. Hay una excepción: yo. ¿Fue casual el accidente?… ¡Pues me alegro de la explosión… ¿No fue casual?… ¡Pues también me alegro!… El Maine en la bahía de La Habana era una insolencia y una amenaza a España y Cuba”.

Bonafoux se consideraba socialista y su enemigo político lo fue siempre Cánovas, a quien culpaba del “aborrecible estado de cosas” que desembocaría en el desastre colonial. Lo que veía en Madrid en 1898 no le gustaba un pelo y, naturalmente, no se recató en dejarlo por escrito: “Tal es Madrid en su conjunto: mentidero coronado, alcantarilla que envía sus suciedades a las provincias, por el mismo Madrid esquilmadas, pulpo de España, verdadera causa de los infortunios de la Patria, porque de Madrid han salido todos los ladrones de Cuba, y casi todos los granujas de Filipinas”.

He escrito que se declaró enemigo político de Canóvas porque enemigo literario lo fue, y hasta el final, de Leopoldo Alas Clarín. Escribió un folleto que tituló “Yo y el plagiario Clarín” en que afirmaba sin ambages que si La Regenta era plagio de Madame Bovary, Pipá, narración breve de carácter costumbrista del autor asturiano, plagiaba a Isidoro Fernández Flórez. Se embarcó en una terrible controversia pública con el novelista. Y lo dejó por escrito para que no cupieran dudas: “Cánovas en política y Clarín en literatura, eran dos almas gemelas, la conjunción de dos vanidades monstruosas, dos tiranos de un mismo cuadro de la historia española contemporánea. Cánovas tenía un Clarín en el cuerpo; Clarín tenía un Cánovas en el cuerpo…”

Por supuesto en la necia Facultad donde estudié nadie me habló de Bonafoux y doy por sentado que tampoco a los alumnos de hoy en día les han hablado de aquel sorprendente periodista. Con nosotros lo hizo  José Fernando Dicenta, autor de La Víbora de Asnieres y de uno de los libros más maravillosos que me haya sido concedido leer en toda mi vida, La Santa Bohemia, hoy por desgracia imposible de encontrar. Siempre recordaré al maestro Dicenta con el pitillo a medio consumir, aventándose de la chaqueta la ceniza que le caía encima con pertinacia, y sonriendo socarrón si le daba por contarnos en qué coño consistía ese viejo invento de la radio.

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