Hacer los deberes entre comillas

Hace ya algún tiempo que se impuso, entre los políticos, una clase de habla en la que predominan ciertos tropos que directamente remiten al lenguaje propio del colegio. De todo ello lo más irritante es la utilización de la frase “hacer los deberes” como argumento de autoridad para intentar convencer a los votantes de que se han ocupado de la cosa pública y no han invertido su tiempo en otros menesteres ajenos a la arena política. No se trata de un excurso que podría tener cierto valor metafórico siempre y cuando se encuentre inserto en una alocución dirigida a escolares poco aplicados, no, sino que se pronuncia profusamente en tertulias políticas, en ruedas de prensa y hasta en el mismísimo parlamento, y lo escuchamos de boca de políticos cuyas ideologías abarcan el hemiciclo completo.

Es una oración tan estúpida que no alcanza la categoría de tópico, ni siquiera la de los tópicos tontos que ha recogido Aurelio Arteta en el libro de que me ocupé en un post anterior. Escuchar cómo un valetudinario político o una rozagante política intentan convencer a sus afines o a los propios y ajenos votantes de que han terminado todos los ejercicios de mates que les ha mandado el profe, dibujado el mapa mudo de nuestra piel de toro y aprendido de memorieta la lista de los reyes godos, austrias y borbones o la periódica de los elementos, a mí me produce sofocos de vergüenza ajena y algún que otro soponcio al aparecérseme de nuevo aquellos no tan maravillosos años.

El lenguaje del cuerpo actúa de acuerdo con ciertas reglas que componen el comportamiento cinésico. Conocer estas reglas es importante porque en el proceso de comunicación hay que aprender a controlarlas. Sabemos que las personas cuando actúan como emisores apoyan su mensaje con emblemas, ilustradores, adaptadores y reguladores bien para reforzar una idea o bien para dibujar lo que están expresando con palabras. Aparecen, por lo tanto, unidos al habla. Su uso es casi siempre intencional, aunque ciertos gestos que expresan un estado emotivo pueden surgir de forma espontánea sin que lo advierta el propio orador.

Es interesante el uso que se da a los ilustradores. Cumplen la función de la estampita en los libros de texto. Por ejemplo, es un ilustrador separar exageradamente los brazos del cuerpo para expresar el tamaño del salmón que se pesca en  nuestros ríos. Pero quizá el ilustrador más utilizado en el habla de los políticos o presentadores de televisión y que se ha impuesto ya en las conversaciones cotidianas, es el gesto de entrecomillar con los dedos una frase concreta como advertencia de que no se debe interpretar literalmente. El problema de este ilustrador es que su abuso desemboca en un grotesco simulacro de la función ilustradora del habla. Y si no, que se lo pregunten a Joey, el más listo de Friends.

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