Pues claro que tú también eres el mensaje

Hagamos lo que hagamos, incluso si no hacemos absolutamente nada, siempre comunicamos algo. Nunca existe un vacío de significado. La existencia de la comunicación depende de la existencia misma, así que la no comunicación obligatoriamente implica la no existencia. Albert Mehrabian, lo resumió de la siguiente manera: en una conversación cara a cara el componente verbal representa un 35%, y más del 65% es comunicación no verbal. Otros investigadores indican que la expresión facial, junto con el tono de voz, representa más del 90% en la comunicación interpersonal. El sentido literal de las palabras supone solamente alrededor del 10% de la comunicación. Por supuesto que estos porcentajes no son universalmente aplicables a cualquier proceso de interacción interpersonal, pero parecen una bonita manera de adentrarse en el estudio de la comunicación no verbal.

Para Desmond Morris la influencia que ejerce el lenguaje del cuerpo sobre la gente es mucho mayor de lo que esta percibe porque proporciona “información subliminal sobre lo que está teniendo lugar formalmente”. El lenguaje corporal es mucho más sincero que la comunicación verbal. Ya se lo decía Don Quijote a Sancho: “no andes, Sancho, desceñido y flojo, que el vestido descompuesto da indicio de ánimo desmazalado”, siendo desmazalado lo equivalente a dejado, desdichado o abatido.

Cuando nos colocamos frente a un auditorio, aun antes de hablar la mayoría de las veces ya estamos condenados o aprobados. Situémonos entre los miembros del auditorio. Si aparece un orador con la camisa y los pantalones arrugados, la chaqueta y los zapatos sucios, etc., seguramente sentiremos por él tanto respeto como él parece sentir por su persona. Flora Davis decía que “vestirnos como se supone que debemos hacerlo es una manera de expresar nuestro respeto por una situación social existente y las personas que la integran”, lo cual a mí se me antoja sentencia más propia de un tiempo desgraciadamente periclitado que de estos nuestros días en que proliferan las chancletas y las camisetas de tirantes alardeando de sobaco.

Si el orador pone mala cara a la audiencia, la audiencia pondrá mala cara al orador. Y si el orador se muestra tímido y un poco aturullado, sin duda los oyentes perderán la confianza en él. El rostro debe mostrar cordialidad y amabilidad sin exagerar la sonrisa. Digamos que el orador, en cuanto todas las miradas converjan en él, se encontrará bajo el mismo número de lupas de aumento que personas integren el auditorio. Por lo tanto, la expresión facial y el vestuario pueden acercar, alejar o persuadir al auditorio. Y porque sabemos que la naturalidad puede fingirse pero la espontaneidad no, la gesticulación debe parecer natural y nunca exagerada.

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