Un recuerdo

A lo mejor no es el día, pero hoy me he acordado de una mi abuela, madre de mi madre, que encontró mala muerte en una cafetería de la calle Goya a la que acudía de vez en cuando con sus amigas a jugar a las cartas. Era una mujer enérgica, vital, inteligente y bondadosa. La asesinaron. Dijeron –todavía hay quien lo dice– que la bomba era cosa de fachas, de guerrilleros de cristo rey empeñados en que interviniera el ejército, y lo dijeron con esa bocaza suya tan llena de ampulosidad revolucionaria, pero era mentira, otra mentira más del tiempo en que la verdad apenas si se divisaba.

 El corolario de la muerte de mi abuela fue, claro está, la demencia senil de mi abuelo y su muerte dos años más tarde. Este mi abuelo venía de otro tiempo, del de la guerra entre hermanos, y sufrió persecución, encierro y tortura en la cheka de Fomento. Pero no alcanzaron a fusilarlo porque las sacas terminaron con el nombramiento de Melchor Rodríguez como delegado de prisiones. Le debo la vida a un anarquista ¿qué te parece?, me decía mi abuelo a veces, y yo no lo entendí hasta mucho después, cuando di en interesarme por una guerra que ni mi padre –a cuyo padre sí que fusilaron por católico o por lo que fuera-, ni mi madre –niña humillada, insultada y maltratada en la dulce Francia cuando, de la mano de mi abuela, huyó de la violencia desatada en Madrid-, utilizaron nunca como arma arrojadiza del odio hacia el otro.

Por eso no albergaba odio en mi interior y, como mis conciudadanos, también yo saludé con alborozo la llegada de la democracia a nuestra patria.

A lo mejor no es el día. Pero hoy me he acordado de la muerte atroz de mi abuela. Me he acordado de aquella noche en que Madrid era un hervidero de gente indignada porque una extrema izquierda terrorista envilecida y enloquecida -ansiosa por implantar esa revolución que allí donde ha triunfado solo ha sido capaz de generar miseria y muerte-, había decidido asesinar a bombazos y tiros en la nuca a nuestra recién nacida democracia que ellos tildaban despectivamente de burguesa. Tiempo de ilusión, pero también tiempo de indigencia moral, de inquietud y, sobre todo, de mucho miedo a que nos estallara la democracia impúber en nuestras propias manos.

A lo mejor no es el día, pero hoy me he acordado de una de mis abuelas, la que fuera asesinada en la cafetería de la calle Goya a la que acudió una tarde de sábado jugar al bridge con sus amigas.

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