Palabras

En un post anterior hacía algunas brevísimas referencias, quizá algo traídas por los pelos, sobre la capacidad oratoria de algunos miembros del gobierno y del jefe de la oposición. No entraba en profundos análisis, sino más bien me limitaba a señalar lo que en ellos encontraba de irritante. Para ser justos tendría que haber señalado también las bondades -que seguramente existen- de su manera de expresarse en público. Otra vez será.

En todo caso, me permito ahora apuntar sucintamente algunas recomendaciones para enfrentarse con mayores posibilidades de éxito a la contingencia de tener que construir un discurso y exponerlo públicamente.

El primer consejo que un orador debe seguir a rajatabla es contar lo que interesa al auditorio. Aprender a realizar un buen discurso no es otra cosa que aprender a  prepararlo bien. Aprender a hablar bien en público, equivale a aprender a preparar esa intervención en público. La preparación es esencial porque cada vez que hables a otras personas, deben tener absoluta confianza en tus conocimientos sobre el tema que abordas. Montaigne anota que “Severo Gasco hablaba mejor sin pensarlo antes; que debía más a la fortuna que a su diligencia; que hasta si se turbaba en su plática ello le era útil; y que sus adversarios temían enojarle por miedo a que la cólera redoblase su elocuencia”. Pero se trata, no cabe duda, de un caso excepcional. Conocer al auditorio, sus necesidades, sus gustos, sus inclinaciones, sus fobias, etc., es la mejor manera de influir en quien escucha. Por eso preparar un discurso significa reunir los pensamientos propios, las ideas propias, las convicciones propias, las necesidades propias.

El comienzo del discurso tiene que ser perfecto, puesto que debe acortar al máximo la distancia entre el orador y el público.  La esencia de un buen discurso es que el orador tenga algo fervientemente que decir. Hay que hablar de forma sencilla, pero pensar de forma de compleja: los políticos, por desgracia, tienden a hacer lo contrario, embarullando las oraciones y utilizando con profusión términos rebuscados que no significan nada. El orador debe ser tan natural que sus oyentes no reparen en su modo de hablar, sino solamente en la sustancia de sus razones.

Un buen orador también debe enfatizar las palabras más importantes. Aprender a variar el tono de voz y la velocidad del discurso. Hacer pausa antes y después de las ideas importantes. Una forma de hablar rápida, unida a una mala pronunciación es señal de nerviosismo, inquietud e inseguridad. Modular la voz quiere decir que hay que elevar y disminuir la voz para evitar la monotonía que surge, inevitablemente, cuando se mantienen una velocidad, volumen y altura constantes.

En definitiva si un orador sabe lo que está diciendo, por qué lo está diciendo y presta atención a lo que está diciendo, ¡lo dirá bien! Lo que caracteriza al buen orador es el arte de tener en cuenta en la argumentación a un auditorio heterogéneo.

En posteriores entradas, hablaremos de cómo se debe enfrentar el orador a un público hostil.

 

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